Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

1: Mons Ignifer

Libro 1

Nadie era consciente de las horas ni de los días en Noctum, donde la noche era eterna. Se veían algunas estrellas en el cielo, así como la luna de un color que recordaba al hielo. Nubes grises se paseaban sobre pocos seres dormidos y muchos despiertos, cubriendo cumbres, ríos de lava y desiertos.

El volcán de Mons Ignifer presidía el terreno de arena negra. Su lava iluminaba los cadáveres esparcidos y las montañas puntiagudas que se alzaban alrededor de unas cabañas deterioradas. Junto a la puerta de su habitáculo, un adolescente de cabello oscuro permanecía de pie, mirando hacia el cielo y sonriendo. Contemplaba la lluvia cayendo de las nubes grisáceas, empapándose la cara y con la boca abierta, bebiéndose cada gota que lograba atrapar. Entonces miró a Fernweh, una mujer que lucía un cabello liso y castaño, y corrió hacia ella. Fernweh tenía un frasco de cristal alzado que llenaba con la lluvia mientras cantaba una melodía tranquila:

Bati otaira pereru toba

Yigle niteru perera cahu

Sawai bati moreca

Urega niatu

Oyó los pasos de su hijo acercándose a sus espaldas. Se volteó para verlo y mostrarle una sonrisa única que sólo una madre puede ofrecer.

—¡Mamá! ¡Por fin está lloviendo! —gritó él con entusiasmo.

—¿No llevas el frasco en tu cinturón, Kyros? —preguntó ella a su hijo, al ver que el bolsillo de su cinturón estaba vacío.

—No… —negó mientras ladeaba la cabeza—. Se me cayó y se rompió ayer, cuando fui a cazar con papá.

—Algún día llegaremos a Basius, hijo —susurró Fernweh, mientras le ponía una mano en el hombro—. Algún día no tendremos que depender de la lluvia para poder beber. Tampoco tendremos que asesinar animales para comer.  Pero en el camino hacia allí puede que ese frasco sea lo único que te mantenga con vida. No sabemos cuándo volverá a llover, así que toma. —Le entregó su vaso de cristal—. Llena este pote con todas las gotas que puedas y bebe, bebe hasta que te sacies.

—Gracias, mamá —contestó él, subiendo el frasco hacia el cielo con las dos manos.

—La lluvia significa esperanza, Kyros. Recuérdalo —concluyó Fernweh.

Unos metros hacia la izquierda, vieron una figura moverse entre la oscuridad. Un hombre fornido caminaba con paso lento y decidido hacia ellos dos, hundiendo sus pies descalzos en el barro negro que se estaba empezando a formar. Tenía el cabello del color del carbón y llevaba una obsidiana brillante de colgante. Cargaba con el cadáver de un animal corpulento y negro sobre sus hombros.

—¡Aengus! —exclamó Fernweh.

—¿Qué es eso, papá? ¿Qué has cazado? —corrió Kyros hacia él.

Fernweh fue con Aengus y le dio un beso en los labios. Le observó con una luz en la mirada que destacaba entre sus pupilas negras. Él sonrió de vuelta, pero desvió la mirada en un segundo.

—¡Contemplad la cena de hoy! —gritó Aengus.

—¡Un león negro! —Kyros mantenía la boca abierta con entusiasmo y miró a su madre—. ¡Mamá! ¿Has visto? ¡Papá ha cazado un león negro!

—Eso es, hijo. —Aengus le acarició el cabello—. El día que tú caces un león negro serás todo un hombre, también.

Fernweh se puso a espaldas de Aengus y le abrazó, apoyando su barbilla en el hombro y cuello de éste. Acariciaba sus duros pectorales con las manos, como si tratase de notar los latidos de su corazón. Él le acarició el dorso de los finos y femeninos dedos, y suspiró. Luego hizo ademán de moverse hacia la puerta, instando a que ella le quitase las manos de encima.

—Vamos adentro —sugirió él.

Madre e hijo siguieron al padre hacia el interior de la cabaña para protegerse de la lluvia. Aengus dejó el león en el suelo. Colocó sus dos manos sobre el pelaje oscuro del animal y cerró los ojos, concentrándose. Sus manos empezaron a desprender humo, y las paseaba haciendo círculos por el cuerpo del león mientras lo quemaba.

—Papá, ¿cuándo podré hacer mecnia yo también? —preguntó Kyros mientras observaba a su progenitor.

—Tienes que hacerte más fuerte, hijo. Y más listo. Cuando no dependas tanto de la espada ni otras armas para cazar. —Aengus señaló una espada colgada en la pared—. Cuando cumplas los dieciocho, probablemente. Será entonces y sólo entonces cuando te otorgue un colgante de obsidiana como éste. —Aengus le mostró su colgante.

—Pero todavía me faltan dos años. Queda mucho…

—Mucho, sí. Pero cada vez menos.

Aengus se levantó. Kyros acariciaba el animal con precaución para comprobar lo caliente que estaba. Fernweh se acercó al padre.

—Aengus, ¿estás bien?

—Claro que estoy bien. —Aengus le dio la espalda. Cogió un frasco de agua de lluvia y bebió.

—¿Seguro? Te noto… extraño. Distante. Dime, ¿ha pasado algo?

Él volvió a ponerse frente a ella. La cogió de las manos e intentó mirarle a los ojos, pero echó el rostro hacia el lateral y le plantó un beso suave en la mejilla.

—Todo está bien, Fernweh —susurró Aengus.

***

Tres hombres viajaban en un carro. Compartían el mismo tipo de ropa: un traje de una sola pieza que les cubría desde el cuello hasta los pies, de color negro y con detalles amarillos por la manga, el cuello y el cinturón. Dos de ellos iban encapuchados, sentados y con la mirada agachada. El tercero mostraba su melena gris hacia atrás y barba. Llevaba un colgante negro y redondo con un pequeño círculo de color rojo. El jinete los guiaba conduciendo al caballo con cautela bajo la lluvia. Tras ellos se veía el volcán de Mons Ignifer, y al frente, a lo lejos, estaba la cabaña de Kyros y sus padres.

—¡Más rápido! —gritó el hombre que iba de pie, haciendo resonar el cielo con su voz ronca.

—Que no nos pille Umbra —dijo uno de los encapuchados sentado a su lado—. Si nos alcanza, estaremos acabados.

—¡Ya mismo llegamos, señor! —exclamó el jinete.

Se escuchó un latigazo, seguido del relinche del caballo. El galope se apresuró, y la distancia que les separaba de la casa iba reduciéndose como la llama en la mecha de un petardo.

***

Kyros descansaba sobre una manta en el suelo. Pese a la dureza de la superficie, ése era el lugar más cómodo del mundo, para él.. Sobre todo si, como en aquel mismo momento, su madre estaba sentada a su lado abrazándole. Kyros aprovechaba esa postura para jugar con el cabello marrón y liso de su madre, intentándoselo rizar mientras disfrutaba de la suavidad. Fernweh no decía nada, se limitaba a relajarse con ese pequeño masaje capilar.

—Fernweh —interrumpió Aengus en la penumbra, ligeramente iluminada por la hoguera que había encendido con su mecnia.

Ella le plantó un beso a su hijo en la frente y lo recostó sobre la manta. Le sonrió con tanta dulzura que Kyros no pudo evitar sonrojarse y devolverle el gesto.

—Duerme, precioso. Sueña que estamos en Basius.

Fernweh salió de la pequeña habitación para acercarse a Aengus, quien la esperaba de pie en la puerta de salida.

—¿Qué pasa? —preguntó extrañada.

—Ven afuera, tenemos visita —respondió.

—Aengus… —Fernweh abrió la boca, preocupada.

No le gustaba ese tono en su voz. No era la primera vez que lo escuchaba, pero esta vez era un tono más sombrío, más profundo. Nunca el padre de su hijo le había causado tanta desconfianza. Giró la cabeza hacia abajo y a un lado, mirando la hoguera.

—Vamos, Fernweh… Nos están esperando —repitió Aengus con voz temblorosa.

—¿Quién? —respondió ella, esta vez desafiándole con una voz decidida.

—No me obligues a hacerte venir…

Fernweh dio un paso adelante. Aengus salió, y ella le siguió.

La lluvia continuaba cayendo. El carro con el caballo había aparcado justo al frente de la cabaña. El jinete seguía sobre el animal. El anciano de la melena gris esperaba en la puerta, en medio de los dos encapuchados que seguían mirando hacia abajo y que mantenían los brazos ocultos atrás. Él, en cambio, repasaba de arriba a abajo y de abajo a arriba a Fernweh, que salía tras Aengus.

—¿Ésta es la mercancia, Aengus? —preguntó el hombre de voz ronca.

—Aengus, ¿de qué… de qué están hablando? —Fernweh se escondió tras Aengus, colocando una mano en cada hombro de él. Aengus notó cómo le temblaban los dedos a la madre de su hijo.

—La verdad es que es tan bella como decías… —El hombre de la melena gris dio unos pasos hacia un lateral para seguir admirando la belleza de Fernweh, quien refugió su cabeza tras el cuello de Aengus.

—¿Qué está pasando…? —Fernweh emitió un sollozo—. Aengus…

—Mostradme el dinero ahora —sugirió Aengus, con los brazos estirados hacia atrás y cubriendo a Fernweh. Procuraba no tocarla. Sabía que si lo hacía, la lágrima que le bailaba en el ojo caería.

El hombre de la melena gris dejó de pasearse. Observó de reojo el rostro inseguro de Aengus.

—¡Azrek! —pronunció.

Uno de los encapuchados dio un paso al frente, poniendo al descubierto sus manos y, con ellas, una bolsa marrón de piel atada con una cuerda. Caminó hasta la posición de Aengus y se la ofreció.

—Con todos estos nuctos podrás vivir tranquilo toda una vida, Aengus —confesó el encapuchado, agitando la bolsa para hacer oír las monedas chocando entre ellas.

Aengus agarró la bolsa y, en ese preciso instante, el hombre de la melena gris se dispuso a volver al carro, no sin antes chasquear los dedos. A su orden, el otro encapuchado se unió a Azrek, y ambos tomaron a Fernweh.

—¡No! ¡Soltad…! —Las manos de los encapuchados le cubrieron la boca y el auxilio. Las lágrimas que soltaba salían disparadas hacia atrás conforme la empujaban y arrastraban a la fuerza.

A Aengus le temblaban los labios. Cerró los ojos y no se atrevió a abrirlos, lamentando cada paso sobre el barro y cada gemido desesperado que emitía Fernweh. No fue capaz de observar cómo la subían al carro, pero era testigo de cada ruido, de cada golpe y cada grito. Para evitar el dolor, Intentaba centrarse en el sonido de las gotas de lluvia que chocaban contra el suelo, pero no lo conseguía. Azrek y su compañero agarraban a Fernweh de las extremidades, subiéndola al carro y esforzándose para cubrirle la boca con el fin de evitar más escándalo. El jinete gritó al caballo y arrancaron.

Fernweh cayó de rodillas. Observaba rendida a Aengus, que cada vez quedaba más lejos. Miró la cabaña tras él y se imaginó a su hijo durmiendo en aquella manta, ajeno a todo lo que estaba pasando. Se preguntó cómo estaría y cuánto sufriría al darse cuenta de que su madre ya no estaba allí con él. Más lágrimas brotaron al unísono, explotando con un llanto que intensificaba la risa a carcajadas roncas del anciano de la melena gris.

Cuando el carro se desvaneció en la lejanía, Aengus abrió por fin los ojos. Observó el cielo nublado y abrió la palma de la mano con la que no sujetaba la bolsa del dinero para comprobar que ya estaba dejando de llover. Desató entonces la bolsa de piel marrón y contó las monedas metálicas, también conocidas como nuctos. Todas eran iguales: tenían la forma de una hoja de árbol metálica totalmente negra. Compartían el mismo tamaño, grosor y diseño. Sacó una y la alzó a la altura de sus ojos para contemplar mejor las nervaduras de un color rojo anaranjado que dibujaban la silueta de un fénix con las alas abiertas. Volvió a meter la moneda en la bolsa y la cerró. Se dio la vuelta, encarando su cabaña a escasos metros, y dio unos pasos hacia la puerta. Pero un calor más intenso del habitual le golpeó la espalda.

Y antes de que pudiese girarse, recibió otro golpe más fuerte que le tiró de boca al barro.

Pequeñas llamas negras ondeaban al viento por la espalda de Aengus, que intentaba a duras penas despegar la mejilla y las manos del barro negro. Alguien se había plantado delante suyo. Percibió un hedor que venía de los pies descalzos de un hombre con un uniforme completamente blanco, aunque manchado, con los bordes negros. Tenía el rostro oculto por la sombra de una capucha también blanca. Aunque el color era contrario, el estilo de vestimenta recordaba a los que se habían llevado a Fernweh. Pero Aengus reconoció al individuo: era Umbra.

—Dime dónde está Fernweh —pronunció Umbra con serenidad.

Aengus aún continuaba traspuesto. Su mirada estaba centrada en la llave hecha de painita que Umbra llevaba de colgante, tan oscura y granate que recordaba al mismísimo volcán de Mons Ignifer, y que le colgaba del cuello junto a una bola negra.

—Contesta, Aengus —volvió a preguntar Umbra.

—No… no lo sé…

Umbra colocó una rodilla sobre el barro para agacharse ante su víctima, y le elevó la cabeza estirándole de los pelos. Le miró a los ojos oscuros mientras abría la mano, colocando la palma sobre la frente de Aengus.

—¡No me mates, Umbra! —Le temblaban los labios, y las lágrimas zigzagueaban descendiendo por sus mejillas—. Por favor… No me mates… por mi hijo…

—Bastardo —pronunció tras abrir de nuevo los ojos—. Kyros no sabe que has vendido a su madre, ¿verdad? —Umbra le escupió en la cara—. Ésta es justamente la muerte que mereces.

Aengus se llevó la muñeca a la cara para limpiarse las babas de Umbra. Lloraba en silencio mientras miraba la cabaña donde dormía su hijo, Kyros. Umbra desprendió una sombra negra que salía de sus propias manos y que se extendía por toda la cara de su víctima. Era fuego, llamas de color negro que se expandieron por todo el cuerpo de Aengus, destrozándole la piel y abrasándole vivo hasta matarlo. Los gritos de dolor eran tan punzantes que traspasaron las paredes, clavándose en el oído de Kyros y retumbándole en el corazón hasta despertarlo.

***

Kyros abrió los ojos. Con lentitud y extrañeza, se sentó en su manta, mirando hacia la penumbra y hacia la hoguera que continuaba alumbrando la cabaña. Había oído algo: un grito fuerte de dolor. O quizá sólo lo habría soñado. Se levantó de la cama y, antes de salir a fuera, buscó a sus padres.

—¿Mamá? —preguntó extrañado—. ¿Papá?

No obtuvo respuesta. Tragó saliva mezclada con miedo, y observó la espada que había en una funda colgada en la pared. La cogió, se la colocó en la espalda y salió.

Las grises nubes de Noctum seguían cubriendo el oscuro cielo. La luna azul continuaba rodeada de algunas estrellas que, junto al río de lava cercano, iluminaban escasamente los alrededores. Un ruido al frente le llamó la atención.

Era el chillido ansioso y salvaje de un buitre, al que se le sumaron otros más. Caminó hacia adelante y descubrió el cuerpo fallecido de un adulto. Había llamas negras esparcidas disipándose alrededor, pero eso no molestaba a los buitres carroñeros que iban llegando del cielo, aglutinándose y revoloteando en torno al cadáver mientras producían ese chillido nervioso e incesante que arañaba el oído de Kyros. Pero, al ver que se trataba del cadáver de su padre, dejó de oír. Dejó de ver e incluso de sentir.