Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

10: Flora

Libro 1

Los habitantes de Virentem habían controlado el fuego de la zona y empezaban a respirar con mayor tranquilidad. Kyros y Enya bajaron de los caballos y corrieron hacia el lugar donde Brean estaba congelado. Al llegar al bloque de hielo, Kyros dio una palmada en los hombros de Enya que la sorprendió. La joven del cabello rojo se sorprendió por la confianza que le proporcionó el gesto de su compañero.

—Ahora, Enya, dejarás de decir que soy un niño.

Kyros cerró los ojos, concentrándose. Relajó los músculos y, poco a poco, empezó a hacer fuerza extendiendo los brazos. Alzó la mano al frente con decisión y soltó una expiración por la boca al intentar sacar su mecnia. Pero fracasó, no salió nada.

—¿Qué decías? —Enya soltó una carcajada seca y continuó riendo—. Voy a aprovechar las pocas llamas que quedan por aquí para encender mi golo.

Corrió hacia un pequeño fuego que quemaba una pequeña parte de la vegetación. Desde una posición cercana, una mujer de las tropas de Virentem que rescataba unas flores de ser incineradas observó a la joven pelirroja y fue hacia ella.

Kyros volvió a intentar sacar su mecnia, esta vez con más detenimiento, para deshacer el glacial que retenía a Brean. Cerró los ojos de nuevo, y al tensar los brazos notó sus venas un poco más calientes con la mecnia fluyendo hasta la palma y la punta de sus dedos. Consiguió sacar un fulgor flamante, y sonrió orgulloso buscando a Enya con la mirada mientras mantenía el fuego en su mano.

Pero el grito femenino de una voz que se oía cada vez más cerca le distrajo. Kyros miró a su alrededor y hacia atrás, hasta que se dio cuenta de que venía justo de arriba.

Una chica descendía desde lo alto de una sequoia hacia el lugar donde se encontraba Kyros. Poco antes de tocar el suelo, lanzó agua con una mano y apagó la mecnia de Kyros; con la otra, hizo aparecer una pequeña fuente acuática que usó para amortiguar el aterrizaje.

Ausa, la líder de Virentem, se plantó frente a él. Ella era bajita, pero con una belleza que destacaba incluso entre las flores que aún quedaban vivas. Su pelo era castaño claro, y del cuello le caía un Reflejo de Basius. Entre el hombro y el pequeño bulto de su pecho derecho lucía la insignia de Virentem. El diseño de su ropa mostraba un follaje marrón y verde, con tonos rojos y amarillos. Colgaba una poción lila en una oreja, y otra blanquiazul en la restante. Sus ojos eran bien grandes y místicos, y su tono de voz embriagador:

—No permitiré más fuego. Abandonad Virentem, o arderéis en vuestras propias llamas.

—¿Qué? —preguntó Kyros, anonadado.

En una posición cercana y a la vista, la mujer junto a Enya se había puesto en guardia: Enya logró encender ambos extremos de su palo y la encaraba en posición ofensiva.

Ausa miró entonces a la joven pelirroja y le lanzó bolas de agua que le apagaron el arma de nuevo.

—¡¿Pero qué haces, pedazo de inútil?! —exclamó Enya, quien seguidamente se dio la vuelta y descubrió a la causante—. ¡Oh, Ausa, sois vos! ¡Disculpad mis modales!

Kyros observó el panorama con una ceja alzada. La mujer de las tropas de Virentem que había estado enfrentándose a Enya hizo una reverencia a Ausa y se retiró. Enya imitó el gesto, colocando una rodilla sobre el césped y mirando hacia abajo.

—Poneos en pie. Sé que fuisteis expulsada a Noctum, así que Basius ya no es vuestro lugar. Retroceded y volved al continente inferior, tal y como se os ordenó en el pasado.

Enya seguía en posición de reverencia, sin saber qué pensar ni qué decir.

La llama de la mano de Kyros volvió a aparecer. Ausa lo olió y le miró amenazante. Cerró los ojos y, con la cabeza gacha, respiró hondo.

—Apagad eso —ordenó la líder de Virentem con serenidad.

Él hizo caso omiso y colocó la llama sobre el bloque de hielo, pero la mano se le desvió y los pies le bailaron. Bajo sus pies descalzos, el suelo comenzó a temblar: Ausa había hecho aparecer agua sobre el terreno revoltoso con su mecnia, humedeciendo el césped donde Kyros resbaló y cayó de boca al suelo.

—Gruli-i —pronunció la líder de Virentem.

Unas pequeñas plantas finas y largas brotaron alrededor de Kyros, enredándose por sus extremidades y reteniéndole en el suelo. Ausa empezó a caminar tranquila y desafiante hacia él.

—Ausa, no es justo. ¡No estamos haciendo nada malo! —gritó Enya desde atrás.

Ausa no se volvió para mirarla, ni siquiera le contestó.

—¡Sólo queremos descongelar a nuestro compañero e ir a Caerulea a coger provisiones! ¡Mi familia no puede resistir mucho más tiempo en ese lugar sin pociones! ¡Es un infierno!

—Algo habréis hecho para merecerlo. Y Noctum no es el infierno. El infierno es el lugar donde voy a enviar a tu amigo ahora mismo —amenazó Ausa.

La líder de Virentem acarició su Reflejo de Basius. Luego se extrajo el pendiente blanquiazul y se bebió el líquido de dentro. Volvió a colocarse el frasco, ahora transparente y vacío, en el agujero de su oreja. Alzó entonces ambos brazos en círculos hacia el cielo. Apenas le dio tiempo a balbucear algo en Az Hox cuando la chica pelirroja le interrumpió el ritual.

—¡Parad, Ausa! —Enya corría hacia ella con su golo en la mano—. ¡Que te estés quieta, maldita sea! ¡Enana de mierda!

Ausa paró de golpe y abrió los ojos. Descendió los brazos, se dio la vuelta y miró de nuevo a Enya.

—¿Qué habéis dicho?

—¡Que no voy a permitir que mates a mi amigo, ni que me prives de salvar a mi familia! ¡Que por muy líder de Virentem que seas, puedo apañármelas contra alguien como tú!

Enya cogió fuerzas con su golo para golpear la cabeza de Ausa, cuyos reflejos le hicieron ponerse de cuclillas y evadirlo. Todavía agachada, agarró las piernas de Enya y la tiró al suelo. Ausa se puso en pie de nuevo.

—Habéis entrado a Basius sin permiso y habéis amenazado el terreno de Flora, el corazón de Virentem. Habéis incendiado nuestros bosques, y nadie merece respirar el oxígeno de los árboles que quema. —Ausa apuntó a Enya abriendo la mano—. Noto la desesperación en el aura que desprendéis, y os habría ayudado a saciarla. Pero no habéis mostrado el respeto ni los modales adecuados.

Ausa retrocedió escasos centímetros y removió la tierra con su mecnia, creando un barranco que tragó a Enya. La joven pelirroja temblaba de miedo mientras caía por el agujero, hasta que chocó contra la tierra. Entonces sintió que algo le acariciaba las manos y se enredaba por sus muñecas: las pequeñas plantas delgadas y largas habían brotado y la sujetaban bajo tierra. Algo cubrió la luz del sol por encima de su cabeza, y miró hacia arriba: Ausa se había asomado.

—Y en cuanto a lo de “enana de mierda…”, recordad estas sabias palabras: la grandeza se encuentra en la actitud, no en la altitud.

La mano de Ausa volvió a cubrir el barranco y empezó a llenarlo de agua. Enya notó cómo el líquido le  abrazaba los tobillos, las piernas y la cintura. Ausa retiró la mano y sacó la otra para invocar más agua, hasta que hundió los pechos, el cuello, la boca y el cabello de la joven pelirroja.

La líder de Virentem se dispuso a abandonar el lugar.

—¡Por favor! —gritó Kyros.

Tirado y atrapado sobre el terreno, luchaba intentado deshacerse de las plantas, que parecían cuerdas verdes con vida.

—¡Detente! ¡Libera a Enya! ¡Deja que viva, por favor! —rogó de nuevo Kyros.

—¡Oh! ¡Al fin una petición respetuosa! Es una pena que ya sea demasiado tarde.

Ausa cerró los ojos. Alzó los brazos con elegancia y peligrosidad, respiró hondo y, justo cuando iba a apuntar a Enya con sus manos, oyeron una estridencia del ave Fénix.

—Habéis tenido suerte. Tengo cosas más importantes que hacer –sentenció Ausa, y se marchó. 

***

El territorio de Flora, también conocido como el corazón de Virentem, había sufrido varios destrozos. El fuego había matado parte de la vegetación, pero muchas plantas continuaban mostrando el color verde vivo natural del lugar. Los tres compañeros seguían atrapados, pero Kyros luchaba intentando moverse a toda costa en el suelo. Tenía la espada entre la tierra y su espalda, y le dolía. Entonces decidió permanecer quieto y relajarse, con el fin de usar la mecnia. Aguantó el dolor, respiró hondo y, concentrándose, el fulgor apareció de nuevo sobre su mano. Abrasó las esposas vegetales y se liberó de ellas.

Estiró las extremidades y se apresuró a ir al barranco donde estaba Enya atrapada, pero recordó que zambullirse no le serviría para rescatarla: moriría ahogado con ella por no saber nadar. Se dio la vuelta para dirigirse al bloque de hielo que mantenía a Brean, y esta vez no le resultó complicado sacar su fuego.

El glacial se derretía, mojando el césped debajo, y Brean volvía a recuperar su color natural. Kyros se fue agachando con precaución hasta que el hielo se deshizo por completo y su compañero consiguió mover los pies.

Brean estiró su cuerpo, se golpeó el pecho y abrazó a Kyros.

—Gracias, muchacho.

—Salva a Enya, Brean. ¡Está atrapada bajo el agua!Kyros le señaló el barranco.

Brean movió las piernas rápidamente hacia el agujero y, sin quitarse nada de ropa, se zambulló para rescatar a Enya. Despegó las plantas que la recluían rompiéndolas con sus propias manos, y Enya pudo salir a flote ella sola. En la superficie, Kyros les esperaba con una gran sonrisa.

—Gracias a los dioses de Ánima que estamos los tres bien… —pronunció Enya con alivio tras recuperar el aliento perdido.

¡Menuda pesadilla, jovenzuelos!

—Brean…

—Dime, Kyros.

—El bloque de hielo, ¿era mecnia?

—Sí. Mecnia de hielo.

—¿Mecnia de hielo? ¿Eso es posible? —añadió Enya.

—Claro que es posible, pero demasiado complicado. Somos muy pocos los que lo logramos.

—Espera, ¿tú puedes hacer eso? —preguntó Enya en tono ascendente.

—Podía. —Brean acarició su tatuaje de la llama negra del brazo y se mordió el labio inferior—. Para poder sacar hielo, hay que dominar bien el agua y mantener una solidez física bien fuerte. Se trata de concentrarse en pasar el estado líquido de la mecnia básica a algo más duro. Pero no es únicamente eso… También se tiene que estar acostumbrado a la temperatura de las montañas de Vitrum. Ese clima tan frío…

A Enya le entró un escalofrío. Kyros escuchaba atento, pero decidió no continuar con la conversación. Prefería descubrir Basius con los ojos, no con las orejas. Entonces, el joven recordó el enfrentamiento que Brean había tenido contra Bricius Kendra y la discusión entre ambos. Sobre todo, tenía muy presente el momento en que Kendra llamó traidor a su compañero.

—Brean…

El hombre forzudo había notado el cambio de ánimo repentino de Kyros.

—¿Qué te preocupa, zagal?

—No, nada —respondió para disimular y evitar la charla. Le preocupaba que Brean se tomara su pregunta como una amenaza o falta de confianza—. Es hora de seguir adelante propuso—. ¿Dónde están los caballos?

Los tres caminaron alrededor en busca de los animales, pero no los encontraron. Nadie quedaba en el mismo campo que ellos. Empezaron a andar hacia el norte, dirección a Caerulea, pues el Fénix andaba por allí. Y con o contra él, todos los demás.