Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

11: Caerulea

Libro 1

Las paredes eran transparentes y mostraban el fondo marino. Diferentes tipos de peces y tiburones se acercaban y alejaban de la habitación submarina, que pertenecía al Palacio de Agua en Caerulea. Avon, un hombre apuesto con el cabello corto, muy negro y con un bigote bien ceñido, vestía una túnica azul majestuosa cuyos bordes eran negros y dorados. En el pecho, colgándole del cuello, tenía la insignia de Caerulea: una gota azul claro con un reflejo blanco en forma de C. Pese a tener cuarenta años, Avon no presentaba ninguna arruga en el rostro. Su colgante era un zafiro oscuro.

Permanecía sentado en su gran butaca blanca leyendo un libro que sostenía entre unos dedos dignos de pianista. El título era Adherencia de Elementos: Amor y Mecnia.

“Agua, Tierra, Fuego y Aire. Los cuatro elementos pueden y deben coexistir, de la misma manera en que las personas se relacionan las unas con las otras.

Somos piezas pares de un puzzle esparcidas por el mundo. Buscar a esa persona con la que encajamos es una de nuestras misiones principales en la vida. Suele ser un camino tan basto y duro como ningún otro, pero también el más satisfactorio de todos.

Cuando encontramos esa pieza que nos faltaba, a ese alguien idóneo para nosotros, ¿cómo podemos asegurarnos de que se trata realmente de esa persona con la que estamos predestinados? Con mecnia. La mecnia ayuda.

Una vez ambas partes de la pareja se encuentran, sus elementos genéticos de mecnia reaccionan a la conexión. Cuando están cerca, si uno de los dos desprende su mecnia, atraerá a la otra persona como un imán gigante e incesante, arrastrándole el cuerpo entero. 

¿Y eso es controlable? ¿Esa fuerza es inevitable? Sí y no. Si el ser arrastrado también extrae su mecnia, resistirá el arrastre y el efecto imán. Pero ni siquiera así se frenará la atracción psicológica ni la predestinación, tan sólo será libre para controlarla y permitir que domine su cuerpo durante el uso de la mecnia. Que los dos tengan que utilizar la mecnia para protegerse de la adherencia es imprescindible, al menos hasta que mantengan contacto físico y se acostumbren a la presencia recíproca.

Sea como sea, si esas personas llegan a tocarse, sentirán la felicidad fluyendo por su cuerpo como la mecnia y la sangre corriendo por las venas. Cada caricia será un alivio, y cada beso un orgasmo emocional.”

Alguien picó a la puerta del despacho submarino.

—Adelante —pronunció Avon, dejando el libro sobre el escritorio.

Eyre, el joven de apariencia fantasmal, entró.

—Señor Avon —saludó mientras se inclinaba con educación.

—Hola, Eyre. Dime, ¿has encontrado a mi hija mientras venías aquí?

—Lamento la negativa, Avon. No he dado con Ula en mi camino desde el palacio de Vitrum.

—¿Y no habéis obtenido ninguna pista sobre dónde puede estar?

—Me temo que no. —Eyre negó con la cabeza.

—Comprendo. Habiendo nacido aquí, bajo el mar, Ula siempre ha sido una chica muy escurridiza…

—Permitidme deciros, señor, que es natural que vuestra hija Ula haya ido a buscar a su madre. Todos en Basius echamos en falta a la gran maestra de pociones, vuestra mujer. Pero no es la cantidad, sino la calidad lo que incumbe. Y Ula es la única que arriesgaría la defensa de su reino con el único fin de reencontrarse con ella. Es justo ahora, sólo durante la guerra, cuando la gente de Noctum se relaciona con Basius.

—Así es, Eyre, así es… Bueno, cambiemos de tema. Imagino que Keter te habrá ordenado algo concreto.

—Correcto. La reina Keter me ha encomendado proteger el laboratorio Eldma con mi vida. Me ha enviado aquí para deciros, también, que vos protejáis el Palacio de Agua mientras las tropas azules enfrentan al Fénix.

—Gracias, Eyre, aunque ya me lo suponía. Deberías apresurarte e ir a Eldma, entonces. Cumpliré con la palabra de Keter.

—Mi señor —dijo Eyre con una última reverencia.

Los peces que rodeaban las paredes transparentes de la sala fueron testigos de cómo Eyre se dio la vuelta y atravesó el estrecho pasadizo, subiendo por unas escaleras marrones en forma de caracol. Avon se quedó en su sala, sentándose en un gran sillón blanco y acomodando sus codos en ambos reposabrazos. Llevó las yemas de sus diez dedos a la frente, mirando al oscuro suelo y pensando. Luego acarició el zafiro de su colgante.

Abrió un cajón de su escritorio y extrajo un frasco con un líquido color violeta. Lo abrió y se lo tragó.

***

Kyros, Brean y Enya atravesaron el bosque hasta llegar a un lugar todavía verde, aunque con menos árboles. Una gran montaña se elevaba a su izquierda, dejando caer una imponente cascada que golpeaba sus chorros contra un lago de un azul más apetitoso que el del cielo.

Kyros no pudo disimular su asombro y fue a la orilla. Vio peces paseando bajo la fina capa de agua. “Algún día podré bucear y verlos más de cerca”, deseó.

—¡Eh, mirad!

Brean apuntó al lago de la cascada con el dedo. Había un cuerpo flotando, un hombre rubio con la ropa azul y la insignia de Caerulea en el pecho.

—Es un miembro de las tropas azules… —confirmó Enya.

Un grito les puso en guardia. Fue un gemido de dolor corto, como si se tratase de una muerte súbita. Cerca de la cascada, un hombre de pelo largo, fuerte y moreno le había cortado el cuello a otro miembro de la tropa azul con una daga. A su derecha, un relinche de caballo les hizo desviar la mirada.

—Kyros, ese caballo de ahí es Derlok…

—¿Qué? ¡¿Derlok?! ¿En serio?

Pero entonces el joven se fijó en el hombre fuerte y moreno, que se dio la vuelta al percatarse de la presencia de los tres compañeros. Comenzó a caminar hacia ellos, y no tardaron en reconocerlo: tenía una cicatriz circular y un tatuaje de árbol. 

Era el Nekso que había raptado a Enya y a Derlok tiempo atrás.

—Enya, en guardia. Es el Nekso que te secuestró con los salvajes. Podemos atacarle —dijo Kyros mientras sacaba una pequeña llama de mecnia de la palma de su mano—. Ahora soy más fuerte.

El Nekso seguía moviéndose hacia ellos, con el reflejo de Noctum deslizándose por la parte delantera de su cuello. Enya colocó su mano sobre el hombro de Kyros y lo acarició con suavidad.

—Tranquilo, Kyros. Es amigo.

***

El Nekso abrazó a Enya justo al llegar a los tres compañeros.

—¡Enya! ¿Cómo has estado?

—Hola, Madoox —respondió Enya, fijando la mirada en el tatuaje de árbol negro de éste—. Tienes más hojas en el árbol…

—Las tropas de Basius caen muy rápido —respondió él.

—A ver… dos, tres, cuatro… —Enya contaba las hojas nuevas—. ¡¿Siete?! ¿Ya has matado a siete personas más? ¡Pero cómo te atreves! Eres un maldito sádico despiadado…

—O morían ellos o moría yo. Y sabes que me quiero muchísimo a mí mismo.

Enya respondió cruzándose de brazos. Hizo un gesto espontáneo con la cabeza hacia Kyros, pero sin dejar de mirar al Nekso.

—Creo que le debes una disculpa a Kyros —sugirió Enya.

—¡Ah, Kyros! —Madoox miró a Kyros—. El chico del que tanto hablabas. —Maddox se arrodilló ante él y agachó la cabeza—. Lo siento, chico.  No me comporté bien.

El alto y rocoso cuerpo de Madoox se irguió de nuevo. Kyros se mostró incrédulo y sin responder ni una palabra.

—¿Sabes, Madoox? —continuó Enya—. Tus cuatro súbditos me ataron a una roca. Así que imagínate la lealtad que te tienen.

—¿Cómo dices?

—Lo que oyes. Tus cinco amiguitos me ataron a un pedrusco. Ah, y Valeria escapó.

—¿Que Valeria escapó?

—¡Eso es! Íner la forzaba para tener relaciones, pero ella aprovechó un descuido para cortarle los genitales. Y huyó sin mirar atrás. A Íner lo mataron el resto de tus hombres. Dijeron algo así como: “un hombre sin su herramienta no tiene razón de existencia”. Y lo mataron, así, sin más. Y luego lo pusieron junto al cadáver de mi padre, allí en el fuego, para cocinarlo. ¡Se los querían comer! ¡Es increíble, de verdad!

—Lo siento, Enya… —lamentó, e intentó abrazarla.

—¡No, nada de abrazos! Eres un líder nefasto. ¿Sabes qué hicieron, además? ¿Eh? Cantaban canciones sobre ti, ¡dándote por muerto!

—Jodidos cabrones… —Madoox alzó su daga y se la paseó por una cicatriz circular que tenía en el antebrazo.

—Venga, ¡no hagas eso otra vez! Déjate la cicatriz en paz. Pero dime, ¿por qué tardabas tanto? ¿Alcanzaste a los asesinos de mi padre? —preguntó ella.

—Sí, fueron rápidos y astutos. Logré incinerarlos con mi mecnia, pero el precio que pagué fue muy alto. El resto de mis hombres cayeron, y mi caballo negro también. Salí de allí sobre Derlok…, me sentía cerca de ti cada vez que lo cabalgaba. Y no pienses mal, querida…

—No mereces llamarme querida. No eres digno de mi estima.

—Espero serlo algún día. —Madoox se llevó la mano al pecho y se inclinó ante ella—. Enya, llevaos a Derlok de vuelta. Yo seguiré limpiando mi camino hacia el Fénix. Basius, ¡oh, Basius! Este lugar está lleno de riquezas. Pero tú, Enya, tú eres la riqueza con más valor. Cuando vuelva a Noctum, sabes que puedes visitarme en Dunoe. Seremos ricos. —Mostró su sonrisa traviesa y guiñó un ojo a la joven pelirroja—. Muy ricos.

Claro. Llevaré a Derlok conmigo e iré a visitarte cuando todo acabe. Mantente a salvo.

Madoox se apresuró hacia Derlok y usó su daga para cortar la cuerda que lo amarraba. Derlok corrió hacia Enya y bajó la cabeza para que ella le acariciase.

—Oh, Derlok, bonito… dijo sonriendo, y volvió a mirar al Nekso—. Gracias, Madoox. En serio, gracias por hacerte cargo de los que mataron a mi padre.

—Lo que sea por ti. ¿Me permitís un abrazo de despedida?

—Está bien…

Se abrazaron, él cerrando los ojos sobre el hombro de ella, y ella dándole palmadas en la espalda.

***

Tras el afectuoso gesto, Madoox siguió su camino hacia el noroeste. Enya montó en Derlok y galopeó al ritmo de las andadas de Kyros y Brean.

—Cada día me sorprendes más, Enya… Todavía no me puedo creer que un Nekso se haya enamorado de ti —confesó Kyros.

—¿Y por qué no? ¡Soy irresistible!

—Si fueras tan irresistible, no te habría encontrado en Mons Praeton atada a una roca. Lo que eres es una loca de atar. Por cierto, ¿has dicho que una tal Valeria logró huir?

—Sí, ¿te acuerdas de que cuando nos acorralaron habían ocho hombres y una mujer tras uno de ellos?

—Sí, una que se cubría los pechos con piel de leopardo rojo, ¿verdad? La del cabello amarillo y negro.

—La misma, sí. Pues se llama Valeria. Capó al salvaje que la mantenía reclusa y se fugó. La verdad es que era mi ejemplo a seguir, esa mujer.

—Pero Madoox, el líder, te cuidaba bien, ¿no?

—Sí, por alguna razón se encaprichó conmigo. Oye, ¿sabéis qué? Madoox en realidad no es un Nekso. El colgante del Reflejo de Noctum que lleva es de mentira. ¡Ja, ja! El artefacto está vacío por dentro. Me confesó que lo lleva sólo para intimidar. Es gracioso el hombre, ¿eh?

—¿Tanto te gusta? —preguntó Kyros.

Brean palmeó el dorso de Kyros.

—¿Celoso, muchacho?

***

Al frente de ellos se abría un inmenso lago, donde el agua fluía con tranquilidad. A la izquierda, se erguía una torre de color beige que sobresalía directamente del agua, con un tejado verde azulado que acababa en punta. Era el Palacio de Caerulea. Había estandartes y una gran bandera con el símbolo de la gota que caracterizaba la región. Una ventana ovalada a ras de la superficie servía de entrada, conectada con el césped por un simple puente. El resto del edificio, liderado por Avon, permanecía sumergido.

En el lado opuesto, justo en el extremo derecho del gran lago, había otra construcción principal: el laboratorio Eldma. Una cúpula naranja cubría la fachada de color gris claro que, a diferencia del palacio, su mayor parte quedaba sobre el césped. Sólo un pequeño espacio descendía para ocultarse en las profundidades marinas.

—Tenemos que ir a Eldma —recordó Enya, y señaló con el dedo índice hacia el noreste, al laboratorio—. Está por allí, es ese edificio gris con la cúpula naranja.

—Voto a favor —respondió Brean—. Al norte queda el gran lago del corazón de Caerulea, con el Palacio a la izquierda. Es por allí por donde estará el Fénix, y será mejor que nos evitemos más peleas.

Pusieron marcha al noreste. Pasaban entre viviendas de paredes y fachadas blancas, entre las cuales no había nada de barullo. El silencio era tan notable que se sentía como la peor de las melodías. Enya, sobre Derlok, miraba apenada las puertas y las ventanas con las que iban cruzándose. Toparon, de repente, con un niño pequeño que jugaba con una pelota.

—¡Vuelve a casa! ¡Corre! —exclamó su madre desde la ventana.

—¿Por qué? —preguntó él.

—¡Son Noctum! ¡Venga, ven con mamá!

—Tranquila, Marian. No vamos a atacar a nadie.

—¿Enya…?

—Veo que tu pequeño ha crecido. ¿Y Arcuo? ¿Está en la batalla con las tropas azules?

La puerta de la casa se abrió. Un joven de la edad de Enya se plantó frente a ellos. Vestía la ropa de las tropas azules y un colgante de aguamarina como el de Enya. Denotaba una tristeza peculiar.

—¡Arcuo!

—Hola, Enya…

—¿Qué…, qué estás haciendo aquí? Desde que te expulsaron… No creía que nos volviéramos a ver…

—¿Cómo no íbamos a volver a vernos, tontorrón?

Enya bajó del caballo y abrazó a Arcuo rápida y cordialmente. Ella contempló su vestimenta de arriba abajo y de abajo arriba.

—¿Qué haces en casa? Creía que todos los tropas azules estaríais luchando contra el Fénix ahora mismo… ¡Los alrededores del Palacio de Agua estarán siendo un verdadero caos!

—Ya, ya lo sé, pero es que no me atrevo. ¡Basius no crea matones! Y en Virentem todo ha sido sangre y muerte… Han caído muchos, Enya, muchísimos. ¿Qué va a ser de mi hermano y de mi madre si sigo metido en la guerra?

—Arcuo…, ya sabes cuán estrictas son las tropas. Si te pillan y descubren que estás huyendo, te enviarán allí, al continente de abajo. Y créeme cuando te digo que no quieres estar en Noctum…

—Tú misma lo has dicho, si me pillan. Pero, ¿sabes qué? Prefiero morir intentando vivir antes que morir intentando matar.

Los labios de Enya dibujaron una sonrisa honesta. Marian, la madre del amigo de Enya había desaparecido de la ventana, pero el niño pequeño todavía seguía ahí. Arcuo colocó su mano sobre la cabeza de su hermano pequeño, acariciándole el cabello.

—En fin, Enya. Ha sido un placer verte, pero por el bien de ambos, será mejor que no permanezcamos a la vista. No sé a qué has venido, pero tampoco quiero saberlo. Me incitarías a salir de aquí y ayudarte…

—Te comprendo. No te preocupes, amigo. Mucha suerte con todo…

Se abrazaron nuevamente y se despidieron. Enya montó de nuevo sobre Derlok, mientras Kyros y Brean también se disponían a seguir con su camino.

—¡Enya! —pronunció Arcuo antes de meterse en su vivienda—. Espera.

—¿Sí?

—Te he mentido. La verdad es que me muero de ganas de saber cómo es que has venido y qué vas a hacer por aquí. ¿Dónde vas a estar?

—¡Ja! Demasiado tarde, no te lo voy a decir. ¡Hasta la vista, Arcuo!

Derlok empezó a trotar junto a sus compañeros. Arcuo miró sonriendo al grupo, especialmente a Enya. “Nunca cambiará”, se dijo a sí mismo antes de volver a su casa.

***

Las colinas se extendían sobre la llanura verde, ya no se veían tantas viviendas. Los árboles también eran menos frecuentes a medida que se acercaban al atractivo río azul. La enorme cúpula naranja del laboratorio de Eldma estaba cada vez más cerca.

Una sombra también iba hacia ellos. Era la figura de una chica con un cuerpo esbelto escondido bajo la túnica color turquesa. La insignia de Caerulea brillaba a la altura de sus senos, y llevaba un cinturón negro. Tenía el pelo azul cerúleo recogido en una coleta.

Sus ojos se cruzaron con los de Enya, y ninguna de las dos decidió apartar la mirada.

—¡Ula! —gritó al fin Enya, con voz temblorosa.

—Oh, Enya… —respondió la chica de cabello azul.

—Oye, el pelo de tu amiga es azul… —susurró Brean a su compañera—. Espera, ¿has dicho Ula? ¡La hij…!

—Es la hija de Avon, el líder de Caerulea, sí —cortó la joven pelirroja—. No hace falta que grites, Brean. Ula, ¿cómo estás?

Enya avanzó con sutileza, acercándose a su amiga. Alzó los codos y se dispuso a darle un abrazo, pero Ula se apartó, echando la mirada y toda la cara hacia un lado. Enya dio un paso atrás. Sus ojos se agrandaron, y unas pequeñas gotas lacrimosas comenzaron a brotar, dejándose entrever tras breves e inminentes parpadeos.

—No, Ula… Hemos crecido juntas, ¿y sólo porque me expulsaron vas a rechazarme? ¡¿De verdad te crees que la condena es justa?! Las piernas le tiritaron; los brazos también. Negó con la cabeza, cerrando los ojos y dejando salir algunas lágrimas más.

Kyros se acercó a Enya por la espalda y apenas le rozó el hombro con la yema de los dedos, intentando calmarla. Pero ella expulsó el gesto con una brusquedad desesperada.

—¡No me toques! —Kyros se exaltó y dio un pequeño bote debido al susto, a esa reacción inesperada.

Ula miró de nuevo a la que solía ser su amiga. Se acercó hasta estar en una posición tan cercana que podía ver las pupilas dilatadas de la chica del pelo rojo. Ula suspiró, y los labios le vibraron. Abrazó a Enya de golpe, apoyando la barbilla en los hombros de su amiga, fundiendo sus lágrimas en un llanto que explotó de sopetón. Enya le rodeó la cintura, mientras liberaba en forma de lágrimas las memorias que las habían mantenido separadas.

—Kyros. —Brean le codeó en el brazo—. Ya sé que es un momento delicado. Pero oye, la jovenzuela esta tiene el pelo azul. Muy azul.

—Sí, ya lo veo. ¿No la conocías? Parece importante.

—Bueno, sólo de oídas. Pero, ¡muchacho! Dime, ¿cuántas personas con el pelo azul conoces?

—Ningu… ¡Ah, claro! Lo dices por la bruja azul de la mansión subterránea de Ora, la leyenda aquella que te comenté en Noctum, ¿no?

—Exacto…

Ula y Enya cada vez estaban más calmadas. Al separar sus cuerpos, se miraron de nuevo, pero esta vez sonriendo al mismo tiempo que se secaban las mejillas con la muñeca. Enya vio a sus dos compañeros cuchicheando.

—Chicos, ¿qué estáis tramando?

—Gracias por lo de chico, ¿significa eso que me mantengo bien? Brean miró alrededor en busca de aprobación—. ¿Eh?

—Estábamos admirando el cabello de tu amiga. —Kyros miró a Ula—. Hola, yo soy Kyros. ¿Hay mucha gente en Basius que tenga el pelo azul?

—No, creo que solamente lo tenemos así mi madre y yo.

—Tu madre… —pronunció Enya.

—Enid, ¿verdad? La gran maestra de pociones —añadió Brean.

—¿La habéis visto? ¿Dónde está? —preguntó Ula

—No. Yo no la he visto… ¿Y vosotros? —Enya miró a Kyros y Brean.

—No, no la hemos visto —Kyros negó con la cabeza—. Pero sabemos un posible paradero.

—¿Dónde? ¿Es en Noctum…?

—Sí. Te acompañaremos, si quieres —ofreció Kyros—. Pero antes…

—Antes tenemos que coger provisiones de Eldma. Necesito pociones para mi madre y para Digor.

—¡Marline y Digor, tus adorables padres! ¿Cómo están? —preguntó Ula.

Enya evitó el contacto visual.

—Comparten nombre, pero… Digor es también mi hermano pequeño. Nació allí. Mi padre…, bueno. Es Noctum, maldita sea. No sigue con vida.

—Lo siento…

—Descuida. Apresurémonos hacia el laboratorio. Con suerte, te podré presentar a mi hermano en un futuro no muy lejano.