Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

12: Eldma

Libro 1

La amplia fachada gris del laboratorio se extendía ante ellos. Kyros contemplaba asombrado la cúpula naranja. Se acercaron caminando hasta llegar al gran portal marrón situado en el centro. Al intentar abrirlo, descubrieron que una gran cerradura sellaba la entrada.

—Era de esperar que, con la lucha que se está batiendo al oeste, mi padre ordenase cerrar el laboratorio…—razonó Ula.

—Debe haber alguna otra manera de entrar. Vamos a rodear el edificio, a ver qué encontramos.

—No, Kyros. Ésta es la única puerta —añadió Brean.

—En realidad no es la única puerta —sorprendió Ula—. Enya, tú lo sabes. Buceando por aquí, por la izquierda, hay una escotilla, aunque no es fácil llegar hasta ella. —Ula caminó hasta la parte de edificio que se sumergía.

—Es cierto, jugábamos por allí de pequeñas… —confirmó sonriendo la joven pelirroja.

—¿Podéis investigarlo? Yo me metería, pero eso de nadar no me…

—Claro, Kyros —asintió Enya—. No te preocupes. Tú y Brean podéis quedaros aquí, nosotras os abriremos el portal desde dentro.

—¿Seguro que quieres acompañarme, Enya? —preguntó Ula—. Tengo entendido que en Noctum no hay lagos para nadar. No sé si…

—Estúpida niña pija… Estoy más en forma que tú. ¡La que llegue última a la escotilla es tonta!

Enya salió disparada y se lanzó al agua de cabeza. Ula corrió detrás de ella con una sonrisa que no pasó desapercibida. La fachada descendía penetrando la fina capa del lago, mezclándose con la flora y la fauna marina. Peces multicolores se acercaban y huían con cada movimiento que las dos chicas ejecutaban bajo el mar, mientras movían los pies arriba y abajo como la cola de un delfín. De los ojos color miel de Enya, brotaron lágrimas que resurgieron de la alegría que sintió al contemplar de nuevo el arrecife de coral.

Ula, que permanecía junto a Enya, apuntó con el dedo hacia una puerta metálica, la escotilla que daba entrada a Eldma. Enya asintió, y ambas fueron a abrirla.

***

En el exterior, Brean y Kyros se habían acomodado sentándose cada uno en una roca.

—Espero que las chicas vuelvan temprano sanas y salvas…

—Claro, muchacho. Son muchachas de Caerulea, han sido educadas en el agua.

—¿Tú también te educaste como ellas?

—Bueno, habremos hecho cosas parecidas… Vine a hacer mis cursos en este lago y aquí, en el laboratorio. En Basius, todos estudiamos lo mismo, lo que pasa es que algunos se especializan en cosas distintas y, depende de qué región seas, seguramente te atraiga más especializarte en el lugar de tu familia.

—No entiendo…

—Mira que eres cazurro —bromeó, acariciándole el pelo—. A ver, en Virentem es común la mecnia de tierra, estudiar vegetación y remedios naturales. Es la base fundamental para que el laboratorio éste que tenemos aquí en frente funcione. Aquí, en Caerulea, con los lagos que tiene y el Palacio de Agua, procuran reforzar la mecnia del agua. Pero eso no quiere decir que los de Caerulea no sepan hacer pociones o mecnia de tierra, ni que en Virentem no utilicen el agua, sólo significa que es más probable que cada uno utilice mejor el elemento principal del sitio donde ha nacido. ¿Me entiendes?

—Sí, más o menos. Pero tú no eres ni de Virentem ni de Caerulea, ¿verdad?

—Soy de Vitrum, la capital de Basius. Es el territorio más frío, pero también el más poderoso. Allí se enseña la mecnia de hielo. Sólo para los que son aptos, claro. Para empezar, si no dominas la tierra y el agua primero, no puedes ni pensar en ser miembro de las tropas blancas. Además, hay que estar bien cuadrado, como alguien que tú conoces y que tienes en frente ahora mismo. —Brean sonrió orgulloso y soltó una de sus graves carcajadas—. ¿Y tú qué, muchacho? ¿Cómo os la apañáis con la educación en Noctum? ¿Cómo son vuestras escuelas?

—Nosotros no tenemos de eso. Supongo que aprendemos más de la práctica que de la teoría. No hay clases, todo lo que se aprende es porque te lo ha contado un familiar o un conocido, o porque lo has oído por ahí. Hay aldeas como Ruber o Bruna, donde los más grandes cuentan historias alrededor del fuego, algunas más didácticas que otras.

La oscuridad volvió a apoderarse de la mente de Kyros y Brean. La imagen de Noctum había quedado apartada por un tiempo durante su estancia en Basius, pero nunca había logrado desaparecer por completo. Seguía ahí dentro, con más o menos estima.

—La verdad, Brean, es que en el continente del sur no todo es malo.

—En Basius, tampoco todo es bueno.

Entonces oyeron un ruido que hizo que les asustó. Giraron la cabeza y descubrieron que la puerta del laboratorio se había abierto. Brean y Kyros se pusieron de pie y caminaron hacia el edificio.

—Han sido más rápidas de lo que me esperaba —confesó Kyros.

—Ya te lo he dicho, esas muchachas se mueven como un pez bajo el agua, ¡son de Caerulea!

Pero la figura que vieron en el interior no era ni la de Enya ni la de Ula. Una sombra oscura dio lugar a un blanco cegador cuando el joven salió a recibirles.

Eyre les saludó con una reverencia, inclinándose ante ellos con la mano en el pecho, y se irguió de nuevo.

—Vaya, vaya… Dos Noctum en la puerta del laboratorio Eldma. ¿Qué os trae por aquí, forasteros? ¡Oh, por los dioses de Ánima! ¡Brean, el tropa blanca que traicionó a Bricius Kendra! Miró entonces a Kyros—. ¿Has adoptado a un nativo morenito de Noctum? ¡Qué monada!

—Eyre…

—No sé cómo te atreves a pisar las tierras blancas de nuevo.

—Yo no hice nada, Eyre. ¡Nada! El glifo, el asesinato de Alanis… ¡Todo fue una artimaña de Kendra!

—¿Kendra? Ni se te ocurra volver a pronunciar su nombre, gusano. —Eyre escupió en el suelo—. Bricius Kendra nunca haría algo así. Siempre ha sido una persona ejemplar y digna de admirar. Sobre todo ahora que tiene una familia.

—¿Una familia? ¿Kendra? ¡Ja! Ese insolente no puede cuidar de una familia. No se puede cuidar ni de él mismo. Eyre, ¡joder! ¡Que yo no asesiné a Alanis! ¡No tenía ningún motivo para matarle! ¿Por qué iba a hacerlo?

—Tú sabrás. Alanis era la mano derecha de Kendra. Imagino que, acabando con él, esperabas ocupar su lugar y aprovecharte de las ventajas de ser la mano derecha del líder de las tropas blancas. Se te quemó el corazón, Brean. Tienes la misma inercia negativa que comparten los de Noctum. Pero tu maldad se acaba aquí y ahora. No te atrevas a hablar de Kendra otra vez. 

—Kendra es un mentiroso, con el debido respeto. No, ¡sin el debido respeto! ¡Es un hijo de la gran puta!

Eyre frunció el entrecejo y amenazó a Brean con la mirada. Una fina corriente de aire apareció por el hombro derecho del joven de blanco, descendió por su brazo y llegó a la muñeca. Eyre estiró la mano en posición vertical, abrió la palma y desapareció por completo. Brean miró a todos los lados en busca de su contrincante,

Eyre apareció justo a su lado izquierdo, mirándole de refilón. Impulsó el brazo alzado hacia abajo y cerró el puño de inmediato.

Los reflejos de Brean no tuvieron tiempo para reaccionar. Una ráfaga le hizo un corte tan imprevisible como el que a veces hace el filo de un papel, pero con un impacto tan fuerte que le causaron grandes rasguños. La sangre de Brean empezó a manchar el suelo. Mantenía los ojos en dirección al cielo, pero la mirada clavada bien dentro de su corazón. Cayó al suelo de rodillas, y una patada que le propinó Eyre en la cara hizo que cayera tumbado por completo, bañándose en su propia sangre.

Kyros fue testigo de todo el proceso, que ocurrió tan rápido que aún intentaba asimilarlo. Observó a a su compañero Brean derrotado, hasta que se dio cuenta de que Eyre le miraba entonces a él y se le acercaba.

—¿Y tú, chaval? ¿Eres menor de edad, verdad? ¡Menudo!Eyre se inclinó hacia Kyros y sonrió. Le miraba directamente a los ojos, como si intentase descifrar algo en ellos—. Aunque noto cierta madurez en tu aura. Cierta mecnia. Como eres menor, no tengo derecho a acabar contigo, por mucho que intentes matarme tú a mí. ¿Sabes? Te llevaré al Palacio de Vitrum, allí decidirán qué hacer contigo.

—Tú a mí no me llevas a ning…

Los brazos de Kyros se cruzaron en un instante a sus espaldas. Eyre se había movido con una velocidad de espanto y le agarró las muñecas. Kyros notó sus manos húmedas, cada vez más mojadas. La mecnia que Eyre le estaba aplicando goteaba, pero no tardó en solidificarse. Creó una estructura de hielo con la forma de esposas que mantuvo los brazos de Kyros inmóviles.

—Camina —ordenó Eyre—. Te ayudaré a subir al caballo.

—¡No voy a moverme de aquí!

Un golpe de viento le golpeó la espalda y le empujó hacia adelante. A duras penas cayó al suelo, pues sus muñecas atadas por el hielo le impedían hacer balance con los brazos.

—¿Qué decías? —preguntó Eyre con ironía.

***

—Enya, no vas a poder ni caminar si llevas la bolsa tan cargada… —dijo Ula.

La habitación donde estaban las dos amigas tenía mesas, estanterías y utensilios básicos de laboratorio. También había un acuario circular que contenía una medusa peculiar. Enya sostenía una mochila plateada abierta con un logo que contenía la palabra Eldma y un pequeño dibujo simple del laboratorio trazado con líneas negras. La joven pelirroja se acercó a una vitrina que guardaba pociones de distintos colores.

—Cojo dos potes más y nos vamos —aseguró.

Pero mintió. Metió cinco pociones más en la mochila, y tuvo que colocarla sobre la mesa donde estaba el acuario redondo para poder forzar el cierre.

Fue al colgar la maleta en uno de sus hombros cuando se fijó en la extraña medusa que fluía en el acuario: su cuerpo transparente estaba definido por trazos finos de un azul eléctrico. Su cabeza, con una forma de campana parecida a la cúpula del laboratorio, encerraba un notable elemento de color rojo anaranjado en centro. Varios tentáculos que le servían de falda se impulsaban hacia arriba, permanecían quietos para descender y volvían a impulsarse otra vez. Turritopsis nutricula, se leía en una etiqueta junto a su contenedor.

Enya arqueó una ceja.

—¿No sabes lo que es? —preguntó Ula.

Enya negó con la cabeza, aún con la ceja alzada.

—La Turritopsis nutricula es una medusa inmortal. Me lo contó mi padre hace tiempo.

—¿Inmortal? ¿Lo dices en serio?

—Que sí, no es broma. Tiene una especie de célula que le permite rejuvenecer cuando llega a una edad,  o algo así.

—¿Hay pruebas que lo demuestren?

—Sí, creo que sí. Si buscamos por aquí seguro que las encontramos. Pero no hay tiempo, Enya…

—Cierto. Vamos.

Enya echó un último vistazo a la medusa y fue con Ula a la puerta que las separaba del gran recibidor.

—Este sitio es espectacular, Ula. Nunca dejo de sorprenderme, y eso que antes venia casi cada día. 

—Tranquila, yo sigo viniendo muy a menudo y creo que nunca llegaría a descubrir todos los secretos que hay por aquí…

Fueron deprisa a la entrada principal y la abrieron.

Vieron a Brean tiritando de dolor en el suelo y con los dedos de la mano temblándole sobre la herida que el aire de Eyre le había hecho en el pecho. Una palidez tan clara que se le notaban las venas moradas le cubría la piel. Las chicas se dieron cuenta de que Derlok no estaba, y tampoco vieron a Kyros.

—¡Brean! —exclamó Enya, corriendo hacia su posición—. ¡Brean, contesta!

Los gemidos de él la hicieron comprender que seguía con vida.

—Rápido, Enya, dale una poción roja. Debería ayudar… —sugirió la chica del pelo azul.

Enya se quitó la mochila de sus espaldas. Sacó el frasco con el líquido rojo, lo desenroscó y lo apoyó en el labio inferior de Brean. Alzó la cabeza de su compañero y volcó toda la poción en su boca.

—Vamos, ¡traga!

Tras tomar el brebaje, el hombre forzudo volvía a recuperar el color natural de su rostro con una rapidez asombrosa. El pulso de la mano le dejó de vibrar, pero la herida de su pecho le seguía doliendo tanto que le caían las lagrimas.

Ula se agachó a su lado y junto a Enya. Colocó sus dos manos sobre la herida de Brean, pero sin tocarla. Cerró los párpados y respiró hondo. Una corriente suave de agua comenzó a salir de sus manos. El líquido era tan transparente como una ventana recién limpiada, y cubrió el pecho del hombre rapado, donde también se formaban algunas burbujas nerviosas que brotaban y explotaban aleatoriamente.

—Esto ayudará a cicatrizar la herida y te mantendrá a salvo —comentó Ula, abriendo los ojos.

—Gracias… —logró responder Brean.

Puso sus dos manos sobre el terreno y se impulsó forzando el tríceps hacia arriba para sentarse. Miró a las dos amigas y sonrió con amabilidad.

—¿Dónde está Kyros? preguntó Enya, todavía incrédula.

—Se lo ha llevado Eyre…

—¿Eyre?

—Sí, el joven del Palacio de Vitrum. El del pelo blanco…

—Ya sé quién es, Ula. Me refería a qué hacía Eyre aquí.

—Abrió la puerta. Estaba dentro del laboratorio. Salió y me atacó. Todo fue… fugaz. Pero no hizo daño al muchacho, sólo lo ató a unas esposas de hielo que creó con su mecnia y lo cargó en el caballo. No vi más, pero los oí cabalgar por allí, dirección a Vitrum. –Señaló hacia el norte.

—Claro, no pueden atacar a menores, por muy Noctum que sean…

—¡Vamos! Vamos a Vitrum, ¡ya! —exclamó Enya, poniéndose en marcha.

—Espera, Enya… —sugirió Ula—, no creo que sea buena idea ir a Vitrum.

—¡¿Qué?! ¿Por qué?

—Allí está la batalla más dura. No se puede pasar desapercibido, y menos con la mochila del laboratorio…

—¡Y qué más da lo que lleve! ¡Como si voy desnuda!

—Pero, ¿y si pierdes las pociones? ¿Habrás venido a Basius, habrás soportado todo lo que has sufrido para volver con las manos vacías?

Brean mantenía los ojos centrados en la maleta que cargaba Enya. No había visto una maleta igual desde hacía ya mucho tiempo. El logo del laboratorio le trajo recuerdos de cuando aún vivía en Basius, y le resultó tan gracioso que sonrió, incluso en medio de todo aquel ajetreo. 

—Veo que habéis llenado una mochila de remedios. ¿Qué habéis cogido?

—Pues pociones rojas, azules, bueno, de muchos colores. Creo que también hemos pillado lilas —respondió Ula.

—¿Y blancas? ¿Había pociones blanquiazules?

—Me temo que no. Mi padre o alguien de la nobleza habrá mandado guardarlas en algún otro lugar.

Brean, todavía sentado, golpeó el suelo con los nudillos.

—Seguiré sin saber si el rumor de que recupera la mecnia de los expulsados es cierto o no. Seguiré sin poder utilizar mis poderes…

—Pero mira. —Enya rebuscó en la mochila—. He cogido un gran puñado de batidos.

La chica pelirroja mostró una sonrisa espléndida y le ofreció un pote naranja a su compañero. Él se sonrojó por el gesto, desenroscó el tapón e inmediatamente vació el frasco a bruscos tragos.

—Te lo agradezco, chica. Tu familia puede estar bien orgullosa de ti.

—Es cierto, Enya. Con todo lo que has metido ahí, seguro que tenéis por lo menos para años, décadas quizá…

—Venga, no exageres.

—Hay que ser optimista, ¿no? Deberías ir con ellos. Deberías…

—Cállate, Ula. Mi familia puede esperar. Kyros está en peligro…

—Y tu familia también está en peligro añadió Brean, con su tono grave, muy cortante esta vez—. Enya, muchacha, la familia es lo más importante. Ve a salvar a tu madre y a tu hermano. 

—Eso, Enya —afirmó Ula—. Ya me encargaré yo de rescatar a Kyros. Mi padre me puede ayudar. Además, Kyros debe ayudarme a encontrar el lugar donde está mi madre. ¡Todo saldrá bien!

Enya había dado la espalda a sus dos compañeros. Miraba atentamente el claro del gran lago.

Y de repente se giró, con una energía que brotó de golpe, encarando a Brean y a la chica peliazul:

—¡Pero cómo voy a volver sin Kyr…!

La amplia mano del hombre rapado le cubrió la boca y la voz. Enya se quedó tan sorprendida que su cuerpo se inmovilizó por unos instantes, cogiendo aire de golpe y tragándoselo a bocanadas junto a las palabras que su compañero le impidió pronunciar.

—¡No hay peros, Enya! —Brean negaba con la cabeza.

—¡Suéltame! ¡Quítame las manazas!gritó Enya a duras penas.

¡Pues escucha con atención! —respondió Brean, y la soltó—. Todo el continente de Basius está en peligro, chica. El Fénix se puede oír desde aquí, y mi familia vive en Vitrum. Es posible que yo muera en el camino, es posible que no. Si me escondo bien, podré llegar ileso a mi casa. ¿Estarán allí mi mujer e hijos? No lo sé, y cada segundo que paso aquí contigo es tiempo que arriesgo. ¡Echo de menos a mi querida mujer! Estoy predestinado con ella, ¡incluso tuvimos la experiencia de la adherencia de mecnia! Esa del efecto imán. —Brean sintió un pequeño escalofrío con sólo recordarlo—. La familia es lo primero. Así que te ruego que sigas mi consejo, y es que corras hacia el sur con los tuyos. Si te quedas aquí y mueres, la esperanza de muchos otros también perecerá. Pero si te diriges a Noctum, por el camino encuentres algún superviviente entre la tremenda multitud de muertos. Vé y rescata las vidas que puedas, incluyendo la de tu familia.

Enya agachó la cabeza, rendida.

—Entonces me temo que esto es una despedida —lamentó Ula.

Nadie contestó.

Los tres se quedaron mirando en direcciones distintas. El fluir del viento rondaba sobre sus cabezas, haciendo mover el pelo de las dos chicas y provocando escalofríos sobre el rapado de Brean. Oían gritos, lamentos y ruidos provenientes del norte, de las tierras albas de Vitrum.

—Iré al oeste, al Palacio de Agua. Mi padre estará allí… vivo, sí…

—No lo dudes, Ula. Tu padre es fuerte e inteligente. Sabe sobrevivir —confesó Enya, sin mirar a su remitente.

—Yo voy a Vitrum. Pero volveremos…

—¡¿…A vernos?! ¿Ibas a decir que volveremos a vernos? —Enya se giró de nuevo bruscamente, pero golpeando el aire con su brazo mientras daba la media vuelta, como si intentase apartar alguna mosca.

Ula y Brean la observaron, perplejos.

—He hecho ese gesto por si aparecías otra vez de sopetón y me tapabas la boca otra vez, Brean.

Los tres soltaron una carcajada. Los mofletes de Enya se sonrojaron casi tanto como su cabello, y Brean se puso la mano sobre el pectoral, pues le dolía el pecho de tanto reírse.

Ula y Brean se acercaron a Enya, y los tres se unieron en un abrazo.

—Escuchadme —propuso Brean—. Antes, cuando Eyre se ha presentado ante mí y Kyros, Eyre me ha llamado traidor, al igual que lo hizo Kendra cuando llegamos a Virentem.

Ambas chicas permanecieron en silencio.

—Quiero explicároslo —siguió él—, porque no quiero que tengáis una idea equivocada de mí. Y porque si veis a Kyros, quiero que se lo contéis, que le expliquéis la verdad, por las veces que ha oído que soy un traidor. No quiero que piense que le he querido ocultar nada.

—De acuerdo, Brean —asintió Enya—. ¿Qué pasó?

—Alanis, ¿sabéis quién es?

—Era… —contestó Ula—. Alanis era un poderoso tropa blanca. El más poderoso del grupo después de Bricius Kendra, ¿no?

—Eso es. Un día, cuando Kendra todavía era mi líder, me convocó para una reunión en los picos altos de Vitrum. Me dijo que necesitaba verme allí a solas. Así que fui, pese a la extraña sensación que percibí. Me adentré en las montañas nevadas, desafiando el viento a contracorriente. Hacía un frío terrible. Pero lo que me asustó de verdad fue oír unos gritos desesperados, de locura, de risa descontrolada. Nunca había oído nada más raro y espantoso en toda mi vida… La cosa es que cuando llegué, no fue a Kendra a quien vi, sino a Alanis, y estaba pisando un dibujo circular trazado con mecnia negra. Un glifo.

—¡¿Qué?! ¿Un glifo de mecnia negra?

—Exacto.

—¿Qué forma tenía?

—Un rombo. Era un rombo en medio del círculo con tribales alrededor. Pero eso no es tan importante como el color de mecnia que era… Ya sabéis, se rumorea que la mecnia negra saca lo peor de cada uno. Y vaya si lo hace, Alanis perdió su razón de ser. Alanis había dejado de ser Alanis. Incluso me atacó cuando me vio…

—Y entonces lo mataste… adivinó Enya. 

—No. Entonces apareció Kendra. Por un momento me sentí aliviado de que llegase el líder. Pero no venía solo…, toda la tropa blanca le acompañaba. Me acusaron de ser el causante del glifo y, al analizar el estado de Alanis, le mataron ellos mismos. Los daños que le había causado el glifo eran irreparables. Luego me insultaron, me golpearon, me humillaron… y claro, me expulsaron a Noctum.

—Lo siento… —confesó Ula.

—¡Joder! ¡¿Kendra te traicionó?! ¿Por qué diantres haría algo así?

—Ésa es la pregunta que llevo haciéndome y que me ha mantenido en amargura todo este tiempo… Aunque, bueno, me siento mejor después de habéroslo explicado —suspiró—. Hacedme el favor, decídselo a Kyros cuando le veáis.

—Lo haré, sin duda —confirmó Ula.

—Lo haremos.

—En fin. Si nos volvemos a ver, muchachas, que sea con la conciencia tranquila. Es una despedida necesaria, o quizá un hasta luego… Sea lo que sea, hasta la próxima.

Ula y Enya asintieron.

—Y me he reprimido porque soy un hombre casado y caballeroso, pero sois unas chicas despampanantes. ¡Guapas!

—¡Ja, ja! Eres muy tonto —rió Enya.

—Gracias, Brean. Ha sido un placer —sonrió Ula, avergonzada—. Hasta la próxima.

Y se separaron. Ula caminaba hacia el oeste, a paso desolado. Enya hacia el sur, peinándose el flequillo y dando una vuelta a su golo con la mano. Brean iba al norte, esforzándose para no mirar atrás.

La llanura blanca de Vitrum se extendía tras el monte. El camino de los tres compañeros producía un triángulo cada vez más extenso e intenso, propenso a romperse para siempre.