Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

13: Vitrum

Libro 1

En la torre izquierda del Palacio de Vitrum, Daat estaba de pie mirando por su ventana. La luz del sol era intensa, pero no tanto como la de las llamaradas ni las bolas de fuego que caían como meteoritos sobre el terreno nevado. El Fénix abrasaba viviendas, naturaleza y personas, barriendo con sus alas los obstáculos que iba encontrándose en su camino. Volaba y descendía a tierra alba a medida que la guardia de Basius se le resistía. Las tropas azules que habían sobrevivido en Caerulea ayudaban a las blancas. La princesa también pudo distinguir unos pocos uniformes verdes de Virentem.

Muchos niños correteaban alrededor, pero esta vez no lo hacían con la alegría habitual, sino que huían desesperados en busca de un refugio o de sus viviendas, que para algunos ya habían dejado de existir. Daat recordó imágenes que guardaba en la mente desde hacía diez años. Clavó sus pupilas en el ave de fuego. Observó cómo derribaba a unos guardias sin mayor complicación, y admiró con temor cómo erguía su cuerpo, empinaba el pico y se impulsaba de nuevo hacia el cielo. La princesa volvió a dirigir su mirada a los combatientes que luchaban en tierra. Estaba nerviosa y necesitaba encontrar a su madre entre la multitud, pero era difícil distinguirla desde tanta distancia y altura: el cabello rubio era algo típico por aquellos lares. También lo era la ropa de colores claros y limpios, pero los oscuros no. Y menos el traje negro con el que se toparon sus ojos: Daat reconoció a Umbra y vio que la reina Keter estaba delante de él. Su madre y su padre se iban a pelear.

***

Umbra caminaba despacio y despreocupado, con el rostro oculto bajo la capucha blanca. Tenía a Keter en frente, a metros cada vez más escasos. Ella estaba quieta, mantenía un brazo estirado hacia arriba, la palma de la mano abierta y los ojos fijados en él.

—¡No des ni un paso más! —ordenó la reina.

Umbra hizo como si no hubiese escuchado nada. Gritos horrorizados, sangre escampada y cuerpos esparcidos por el suelo les rodeaban. Todo era caos y destrucción.

Menos Umbra. Él era la tranquilidad personificada.

—¡Retrocede y abandona Basius! —exclamó Keter.

La reina desprendió un aura visible azul en el cielo que mantuvo sobre su brazo tieso. Umbra apareció frente a ella de repente, muy cerca. Los ojos del hombre de blanco seguían sin poder verse, y se dirigió a la reina con una sonrisa digna de anuncio de blanqueador de dientes.

Keter no se mostró amenazada, ni si quiera afectada. Aunque, en el fondo, sentía lo contrario.

—¿Qué pasa, Umbra? ¿Te da vergüenza enseñar tus ojos? ¡Vamos! —Keter subió el tono—. Muéstrame cómo los tienes después de diez años.

Ahora era Keter quien sonreía, mientras que él descendía la comisura de sus labios. Umbra siguió caminando con una parsimonia reforzada, más temible. El brazo de Keter continuaba sosteniendo mecnia en el aire.

—Me has entendido perfectamente. No te dejé sordo ni mudo, Umbra. ¡Sólo te dejé ciego! ¿O es que has sufrido daños secundarios durante todo este tiempo? ¡Detente!

Umbra se acercó a la posición de Keter. Intentó pasar de ella y seguir adelante, pero Keter le agarró de la muñeca con una mano, mientras con la otra expandía la onda azulas de mecnia sobre su cabello.

—Voy a tener que dejarte cojo, esta vez —sentenció la reina.

Umbra inclinó su cabeza hacia la mejilla izquierda de ella.

—Yo también te he echado de menos, Keter —le susurró al oído—. La mascota también. Por eso la he traído aquí, a Basius, para que juguéis juntos un ratito.

 La oreja de Keter, que tenía dos pendientes de poción violeta, notó la caricia del aliento de Umbra produciéndole un escalofrío estremecedor.

—Y si te piensas que la ceguera me sigue afectando, estás muy equivocada.

Él se apartó echándose a un lado y miró al Fénix. Acarició la bola negra de su Reflejo de Noctum, que mantenía junto a la llave del Az Hoz sobre su pecho.

—¡Niatu! Fush-u —pronunció Umbra.

El pájaro de llamas emitió un chillido, cogió impulso y se dirigió a la reina con el pico y las garras al frente. Keter contraatacó con rapidez lanzando su onda azul como un disco. Acertó de pleno en la figura del Fénix, pero éste amortiguó el golpe protegiéndose con sus alas.

La reina abrió bien los ojos, sorprendida por la asombrosa velocidad del ave de fuego. Dio algunos pasos atrás sin despegar la vista del cielo y cayó de espaldas al suelo. El Fénix aprovechó que Keter había tropezado para ponerse en posición de ataque y descendió en picado para derribarla. Clavó sus garras afiladas hasta que la piel lechosa de la reina se manchó del color cereza de su propia sangre.

Desde el suelo, Keter acarició su Reflejo de Basius, que caía sobre el valle que formaban sus pechos. Movió los labios pronunciando algo de Az Hox en silencio.

El artefacto comenzó a vibrar y desprendió una luz blanquiazul. La tierra también vibraba, así como las viviendas que todavía seguían en pie. El viento sopló con fuerza e hizo sonar las hojas de los árboles. Las aguas del pequeño lago situado justo detrás del Palacio de Vitrum era lo que se había vuelto más inquieto: en el centro, se formó un ciclón que mostraba un cuerpo cada vez más sólido y alargado. Era una especie de serpiente alada con escamas azules, y su tamaño era tan grande como el Fénix. La criatura se llamaba Leviatán.

Leviatán salió del estanque y sobrevoló a Keter para llegar directo al Fénix, a quien saludó con un coletazo que le apagó algunas llamas. La reina aprovechó el combate entre las criaturas para levantarse y encarar a Umbra, pero ya era tarde: el hombre de de la mecnia negra había desaparecido.

Keter observó cómo los árboles y las viviendas se derrumbaban alrededor. Las tropas de su reino caían como las lágrimas por sus mejillas.