Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

14: Palacio de Cristal

Libro 1

La princesa permanecía en la torre, mirando la guerra por la ventana su habitación.

—Mamá, salva al reino… —suplicó Daat, con las manos en posición de rezar.

Bilan observaba entristecido a Daat, con la cola blanca y negra en reposo.

Oyó a alguien entrando por la puerta detrás suyo. El sonido al abrirse recordó al del maúllo de un gato. Daat imaginó que sería Arlina, la madrina, y dudó sobre qué decirle acerca del secreto del libro Az Hox. ¿Le habría confesado algo su madre? Era sólo a su madrina a quien le contaba sus secretos de adolescente. A veces sentía que confiaba más en Arlina que en su propia madre. Daat se dio la vuelta para recibirla, pero no fue Arlina a quien vio.

—Mi princesa…

Eyre se mostraba con una rodilla en el suelo y la mirada hacia abajo, rojo como un tomate.

—¡¿Eyre?! ¿Qué hacéis aquí?

—He venido para informaros…

—¿Informarme de qué? ¡Tú tenías que estar en el laboratorio Eldma!

—He traído un prisionero. Es menor de edad, y existe la norma de traerlo a las mazmorras. Así lo he hecho.

—Ya veo… Bien, gracias, supongo. No sé qué diría mi madre. Pero sí, gracias. Buen trabajo, Eyre.

—Vuestras órdenes son mis deseos, princesa —sonrió Eyre.

—Eyre, ese prisionero, ¿es otro miembro de las tropas de Basius que se ha negado a luchar? Han a traído a uno hace un rato.

—No, princesa. Éste no es de Basius, es un joven de Noctum.

Daat se puso tensa. Se acarició una de las trenzas y la colocó tras su oreja.

—Gracias de nuevo por la información, Eyre. Serás recompensado. Pero ahora preciso que vayáis al campo de batalla. Mi madre está allí, y confío en que la protejáis.

—Princesa —asintió Eyre con la cabeza, y se marchó de inmediato.

“Un joven de Noctum…”, se dijo Daat a sí misma. Dio vueltas al sofá donde descansaba Bilan, caminando despacio y pensativa. Se sentó, se volvió a levantar y abandonó su habitación. Anduvo sobre la alfombra roja y bajó por las escaleras hasta el vestíbulo, y desde allí se dirigió a las mazmorras.

***

Los barrotes no le asustaban, y menos la oscuridad del lugar. Kyros estaba sentado, apoyado en la pared de una de las cárceles del Palacio de Vitrum. Nadie ni nada le acompañaba, salvo los gritos de guerra que oía por una ventana diminuta situada en la parte superior de la pared.

El joven se levantó y saltó para agarrarse a la ventana, pero no llegó. Lo intentó de nuevo con más potencia y lo consiguió. La luz del exterior le cubrió toda la cara y le costó acostumbrarse a la sensación, pero finalmente pudo abrir bien los ojos y observar lo que sucedía.

Las tropas verdes, azules y blancas de Basius se defendían de los salvajes de Noctum. Kyros reconoció a Saheru, la líder de la región de Bruna, quien combatía sola contra tres tropas blancas. Le sorprendió ver su agilidad y lo bien que esquivaba los disparos de mecnia de sus adversarios. Reconoció también a Ausa, la joven líder de Virentem, persiguiendo a otros invasores cuando se cruzó con un alguien de cabello rubio y en punta: Ojo Eléctrico, quien apareció ante Ausa tan rápido como cae un relámpago, y ésta se puso en guardia.

—Tristán… —dijo Ausa, fijándose en el amarillo de los ojos de su rival.

—Es un honor que no te hayas olvidado de mi nombre, bonita. Gracias por haberlo recordado hasta el último de tus días —contestó Ojo eléctrico.

Lanzó un trueno inesperado que rasgó la pierna derecha de Ausa, haciéndole chocar la rodilla contra el suelo. Tristán fue a rematarla, pero notó cómo un remolino de aire se formaba rodeándole los pies y le tiró al suelo. Desde el suelo, sus ojos amarillos lograron ver que el causante fue Eyre, el joven pálido de Vitrum.

—¿Dónde te has dejado los reflejos, Ojo eléctrico? Por cierto, sigo sin acostumbrarme al mote que te han puesto en las tierras de Noctum. ¡Ja! ¡Ojo eléctrico!

Kyros, desde la mazmorra, lo oyó todo. Y odió todavía más a Eyre. Los brazos le flojeaban, y buscó un apoyo en la pared con los pies colgados. Pero, al no encontrar nada, decidió bajar. Tocó el suelo justo cuando escuchó una puerta abrirse tras los barrotes que lo aguardaban.

La claridad se mezcló con la oscuridad de las mazmorras. Kyros se quedó atónito al observar el bello cabello de Daat. A medida que la princesa se acercaba a él, el brillo de sus ojos y la luz de su figura le recordaron al sol.

—¿Eres de Noctum? —preguntó Daat, con una voz que a él le sonó tan celestial que ni contestó.

***

—Repito: ¿eres de Noctum?

Daat se fijó en la cicatriz que Kyros tenía en la mejilla. También le sorprendió el jaspe granate de su colgante.

—Sí, soy de Noctum respondió a través de los barrotes.

¿Sí? Demuéstralo.

—¿Que lo demuestre? ¿Cómo quieres lo haga?

—Enséñame algún objeto que lleves encima. El colgante de jaspe es curioso, pero eso no prueba nada…

—¡Ah! Claro, mira. —Kyros introdujo las manos en el bolsillo de su cinturón y sacó un nucto—. Tengo dinero. Aquí no existe, ¿verdad?

Kyros acercó el nucto a los barrotes. Daat, sorprendida, alargó el brazo para coger la moneda negra con forma de hoja, pero Kyros la apartó.

—¡Eh, oye! ¡Que esto tiene valor!

—¿Tiene más valor que tú estando preso? Pero, igualmente, eso tampoco prueba nada. Que tengas monedas no significa que seas de Noctum…, podrías haberlas robado.

—Te pago para que me saques de aquí. Diez nuctos… Es mucho.

—¿Pero qué te has pensado? Tú mismo lo has dicho: en Basius no existe el dinero, ni se compra ni se vende. Así que no me serviría de nada.

—Está bien. Tengo otra prueba de que soy de Noctum.

—¿Qué?

Kyros se alejó de los barrotes dando pasos atrás. Abrió las dos manos hacia arriba, miró hacia el techo y cerró los ojos hasta que el fuego apareció en sus palmas. Entonces dirigió su mirada oscura de nuevo a los ojos azules de Daat.

La princesa sintió un escalofrío. Notó que la frente le empezaba a sudar. Sus pies se movieron con voluntad propia, sus brazos se alzaron hacia el frente y sus extremidades la empujaron adelante, hacia Kyros.

—¡Aaaah! —gritó ella—. ¿Qué estás haciendo? ¡Para!

—¿Que pare qué? ¿Qué haces?

Kyros continuaba con las llamas en ambas manos mientras veía a la joven rubia acercándose de manera extraña a él, hasta que chocó contra los barrotes. Él explotó de risa, lo cual contrastó con los lamentos de Daat.

—¡Ja, ja!

—¡Frénalo! ¡Deja… el truco que estás haciendo! —ordenó la princesa.

Tenía los brazos tan finos que la fuerza de la atracción se los metió entre los barrotes que la separaban de él.

—¡Oye! ¡Que no estoy haciendo nada raro!

Daat aprovechó que los barrotes la frenaban para respirar hondo y tratar de mantener la calma. Cerró los ojos y abrió las palmas de las manos.

El agua empezó a fluir por sus brazos estirados mientras le proporcionaba equilibrio. Disparó su mecnia líquida contra uno de los fuegos de Kyros y lo apagó.  Repitió el mismo movimiento para extinguir las llamas que él sostenía en la otra mano.

La adherencia mecnia se apoderó entonces de Kyros, quien fue arrastrado como por arte de magia hacia los barrotes. Se agarró a los brazos de Daat para evitar chocarse contra el metal.

—Suéltame… —logró decir ella, aunque no quería que su orden se cumpliese.

Cuando las manos de la princesa se secaron, Kyros cayó de rodillas al suelo. Observó a Daat como seguramente nos miraría a nosotros un neandertal que ha viajado al futuro. Se fijó en que las mejillas de princesa dejaron de ser tan claras. Ahora estaban rojas como un tomate.

—¿Qué está pasando? ¿Qué ha sido eso? —preguntó Kyros, extrañado.

—¿Es que no has leído la “Adherencia de Mecnia” o qué?

—¿La qué?

—Bah, ¡olvídalo!

Kyros se puso en pie y. sin ser consciente de ello, cogió las manos de Daat y las contempló con atención.

—Tienes las manos… frías. Y muy suaves.

—¡Suelta! —La cara de ella pasó de un color rojo tomate a un tono casi granate.

Ella se soltó las manos con una velocidad que incluso le hizo daño. Pero entonces volvió a cogérselas, para acariciar el dorso de las manos de él.

—Tú las tienes cálidas, y muy duras. —Daat echó le miró a los ojos con timidez, pero rápidamente apartó el contacto visual—. Y los ojos muy oscuros…

La puerta se abrió de golpe, y los dos jóvenes se alarmaron. Una figura oscura se mezcló con las sombras de las mazmorras: Umbra había entrado.

***

No temáis, princesa. No voy a haceros ningún daño —confesó Umbra, con una voz paternal.

—¡Umbra! —gritó ella.

Daat se apartó de los barrotes y, asustada, buscó una salida. Quería huir, pero el cuerpo de su padre cubría la puerta en la penumbra. Umbra observó al joven encerrado.

—¿Kyros? preguntó Umbra, acercándose—. ¿Eres tú?

El joven le miraba con furia. Le sorprendió que Umbra supiese su nombre, pero no le dio importancia al motivo. Le temblaban los brazos y las piernas por el recuerdo de sus padres. La memoria de las llamas negras y los buitres rodeando el cadaver de su padre le nubló la mente, y convirtió el anhelo de la dulce voz de su madre en saladas lágrimas.

Daat sentía que la adherencia de mecnia de nuevo la movía en contra de su voluntad. Se concentró y sacó el agua necesaria para frenar ese efecto imán que la arrastraba hacia Kyros.

Kyros levantó la cabeza. Las venas rojas en sus ojos parecían ríos de sangre desembocando en el mar negro de su iris. Acumuló una energía temible en la muñeca derecha y colocó la palma entre el espacio de dos barrotes para apuntar a Umbra.

—¿Dónde está Fernweh?

—Ahora no, Kyros —respondió Umbra.

—¡Dímelo, es mi madre! —Kyros le disparó una bola de fuego.

Las llamas chocaron contra su objetivo, pero desaparecieron en cuestión de segundos. Umbra continuaba caminando tranquilamente, a paso despacio, hacia él.

Y con cada paso, Kyros recordaba más intensamente los últimos momentos con sus progenitores. Revivió en su mente el momento en que hundió a su padre en el río de lava, y eso sacar otra llama de sus manos.

No molestes, Kyros —amenazó Umbra—. Quédate quieto ahí dentro.

El joven se negó a obedecer. Recordó la sonrisa de su madre, su cabello y sus abrazos. Nervioso y desesperado, lanzó la bola de mecnia ardiente, pero volvió a resultar inútil: Umbra alzó la mano y recogió la mecnia de Kyros, la acompañó con su brazo hacia atrás e hizo un círculo para lanzarla de nuevo hacia el joven.

El disparo le golpeó con tanta fuerza en el pecho que lo empujó y lo derrumbó boca arriba. Kyros perdió el conocimiento.

—Te he avisado—. Umbra contempló el cuerpo derrotado en el suelo y bajó el brazo. Entonces miró de nuevo a Daat—. Me maravilla ver lo preciosa que estáis, princesa. Estoy orgulloso de vos.

Déjate de rollos. Sé que eres mi padre. Y también sé que es lo que buscas.

—Oh, vaya. Qué alivio que ya te lo haya contado tu madre. Además, se me hace difícil tratarte de “vos”. Hace mucho tiempo que ya no estoy acostumbrado a la jerga real.

—¿Dónde está mi madre? ¿Y por qué hacéis todo esto?

—No tengo tiempo para explicaciones, ahora —respondió Umbra, mientras miraba alrededor—. Dile a tu madre que te lo cuente. ¿Dónde está el libro?

—No tengo ni idea…

—Venga, no pienses que a un padre se le puede mentir así como así. Además, mentir en Basius es un síntoma de que “se te está quemando el corazón…”

—¡No te voy a decir nada!

Umbra sonrió de repente, radiante de felicidad. Dio unos pasos hacia su hija e intentó abrazarla. Daat se mostró reacia, pero sólo al principio. No descartó el abrazo del hombre que la trajo a la vida.

—Gracias, hija. Gracias por mostrarte tan leal a tu madre y por obedecerle en cosas tan importantes para ella como ésta. No te voy a forzar a que me digas dónde está, no. Ya me las apañaré yo solo—. Umbra le acarició el cabello liso y jugó un poco con las dos trenzas de su hija.

—Quita esas sucias manos de mi hija.

El calabozo volvió a esclarecerse con la presencia de la reina Keter en la entrada.

—Nuestra hija, querrás decir.

—Nadie merece tener a alguien como tú como padre.

—Bueno, eso lo decidirá ella. ¿Verdad, Daat? —Umbra guiñó un ojo a su hija.

Keter lanzó un hechizo de hielo instantáneo, tan veloz que ni si quiera Umbra fue capaz de esquivarlo. Un bloque de hielo precioso y perfectamente construido contenía al ser más poderoso de Noctum en el interior. Umbra quedó paralizado en toda su plenitud.

El bloque empezó a derretirse con una mancha negra que se insinuaba en el interior. La reina sabía que Umbra no iba a ser derrotado sólo con eso, así que rápidamente alzó ambas manos y comenzó a acumular aire que formaba círculos sobre sus manos.

El hielo iba fundiéndose cada vez más. Caía a trozos sobre el suelo de la mazmorra, volviendo a un estado líquido y esparciéndose a lo largo y a lo ancho. Umbra logró moverse y deshacerse del bloque por completo, pero Keter ya le había arrojado un remolino de mecnia, un gran golpe de viento que le golpeó en toda la barriga. Umbra se dobló hacia adelante al mismo tiempo que retrocedió unos pasos. Aún no se había repuesto del todo cuando vio venir otro golpe de viento hacia su cabeza, el cual evitó agachándose. Pero la fuerza del aire le llevó la capucha para atrás y le dejó toda la cabeza al descubierto.

Keter reconoció observó su rostro y reconoció esa mirada. Tragó saliva.

—Sabes que mi intención nunca ha sido herirte, Keter, y por eso me derrotaste hace diez años. Pero no me voy a detener esta vez. No me dejas opción…

Umbra desapareció de la vista de Keter y de su hija. Y, tan solo un segundo después, se había plantado justo en los morros de la reina.

—Sigues siendo la más bella del reino. Ahora mismo te daría un beso. —El dedo índice de Umbra acarició la pálida mejilla de Keter—. Pero en vez de eso, te doy esto.

Su puño derecho se envolvió en fuego y golpeó a la reina en el estómago..

Umbra sostuvo a Keter por los hombros para que no cayera. El rostro de la reina quedó pálido y paralizado. Daat observaba todo aquello con temor. No se atrevía a quejarse, ni si quiera a gemir de lamento. Todavía no era capaz de asimilar todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Su padre se acercó a ella y le acarició el cabello mientras contemplaba las lágrimas que brotaban de los ojos celestes de la princesa.

—Siento que hayas tenido que presenciar todo esto, hija.

La palidez de Keter empezaba a desvanecer, y su cara volvía a coger un color más natural. Parpadeó y despegó los labios.

—No te llevarás ni el libro ni a tu hija a Noctum…

—Mamá… —sollozó Daat.

—No te preocupes, no pienso llevarme a mi hija al infierno —respondió el hombre de la mecnia negra.

Daat permanecía de rodillas en el suelo con la mirada perdida. Sus ojos azules parecían haberse vuelto tan negros como los de su padre, por la oscuridad que le envolvía el corazón.

Umbra se alejó unos pasos de su familia y se acercó a la cárcel. Colocó sus manos en los barrotes y fundió con un hechizo de color negro para abrirse paso hacia el interior, donde se agachó junto al cuerpo de Kyros.

—Pero sí que me llevaré a éste —afirmó, mientras cargaba con el joven en sus brazos.

¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué vas a hacer con él? —preguntó Daat.

—Tranquila, hija. Cuidaré bien de Kyros —asintió, mirando a la princesa—. Haré con él lo que no hacéis vosotros con la gente de Noctum. Le daré la formación que necesita. Le haré estudiar y esas cosas. Mirad, ¡ya le he conseguido el libro y todo! —Observó que alguien se acercaba a la entrada de la mazmorra, tras la reina Keter y la princesa.

Un hombre con el cabello y el bigote negros entró. Avon llevaba su uniforme azul puesto y traía el voluminoso libro Az Hox. Caminó hacia Umbra, pasando por al lado de Keter y Daat, pero sin atreverse a mirarlas. Ellas, en cambio, sí que le observaban incrédulas, ambas con la boca bien abierta y los ojos como platos.

—Aquí tenéis el libro Az Hox, mi señor.

—Buen trabajo, Avon.

—¿A… Avon…?logró preguntar Keter, aún sin salir de su asombro.

Lo siento mi reina. Nunca fue mi deseo traicionaros. Todo lo contrario. Mi princesa…miró también a Daat—. Lo siento…Avon no pudo evitar soltar unas lágrimas—. Umbra tiene cautiva a Enid, a mi mujer. Y por ella…, por ella hago lo que sea. ¡Si no obedezco la matará, Keter!

No…Keter intentó moverse para levantarse, pero el dolor de su cuerpo se lo impedía.

Umbra dejó a Kyros en el suelo y sostuvo el libro, el cual acarició con entusiasmo. Seguidamente frotó el Reflejo de Noctum como a una bola mágica, y el silencio de la mazmorra se quebró.

En el exterior del palacio, el chirrido del Fénix volvió a retumbar en los oídos de los que todavía seguían vivos. Batió sus alas y voló hasta la entrada del Palacio.

—Avon, carga con el cuerpo de este chico y déjalo al lado del Fénix mientras yo me despido —ordenó Umbra.

El líder de Caerulea obedeció. Umbra se acercó a la reina y a la princesa, y se arrodilló ante ellas.

—No os voy a decir adiós, porque si por mí fuera, nunca me despediría de vosotras. Pero sí os aseguro de que os voy a echar muchísimo de menos.

Ninguna de las dos podía responder, ni siquiera reaccionar. Habían quedado demasiado estupefactas. Umbra le plantó un beso en la frente a cada una de sus dos mujeres favoritas, se puso de nuevo la capucha y se marchó sin mirar atrás.