Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

Epílogo

Libro 1

Vitrum restaba en silencio y triste debido a la enorme cantidad de tropas de Basius derrotadas sobre la nieve. Pero nada era capaz de borrar esa sonrisa nerviosa que cruzaba la cara de Brean. Su ilusión por ver a su mujer aumentaba con cada paso que le acercaba a su hogar.

Cuando llegó, observó con nostalgia la fachada y el tejado triangular nevado. Las ventanas mostraban luz en el interior. Brean se acercó corriendo para mirar a través de los cristales y admiró el cabello largo y liso de su mujer, su espalda y su trasero. Junto a ella, estaban su hijo y su hija en la misma habitación. Todavía no había visto sus rostros, y Brean ya había roto en lágrimas. Suerte que al estar ellos dentro y él fuera no oían sus sollozos. Su familia parecía mirar fijamente a algo común. Las manos de su mujer estaban acariciando algo. Alguien.

Otra persona estaba estirada en una camilla. Estaba enfermo, o quizá había sufrido demasiado durante la guerra. Brean se movió en círculos sigilosos hasta encontrar otra ventana con una perspectiva mejor. Y entonces vio quién estaba en la camilla: era un hombre que conocía bien, Bricius Kendra. El líder de las tropas blancas. El mismo que le había preparado la trampa que le expulsó a Noctum.

Y su propia mujer ahora le estaba besando en los labios dentro de su casa, delante de sus hijos.

***

El edificio puntiagudo del Palacio de Agua también estaba rodeado de tristeza y calamidad. Ula estaba sentada en la butaca blanca del salón submarino, el despacho de su padre. Mantenía la mirada perdida en los peces que la rodeaban tras los cristales.

—¿Dónde estás, papá? —preguntó a nadie.

Y dio un golpe sobre la mesa, levantándose con el impulso.

¿Y tú, mamá? ¿Dónde te metes? ¡Qué estás haciendo ahora! —exclamó, desesperada, y una de sus lágrimas humedeció el escritorio.

***

Nadie era consciente de las horas ni de los días en Noctum, donde la noche era eterna. Se intuían algunas estrellas en el cielo, así como la luna de un color que recordaba al hielo. Nubes grises se paseaban sobre pocos seres dormidos y muchos despiertos, cubriendo cumbres, ríos de lava y desiertos.

El desierto de Ora estaba más tranquilo que nunca, al menos en la superficie. Un agujero negro rodeado de piedras se abría en forma de túnel bajo la arena de Dunoe. Un camino subterráneo daba lugar a una especie de hormiguero de tamaño humano. En una de las salas, una mujer mística de cabello azul oscuro y rizado, muy rizado, hacía experimentos en lo que parecía su laboratorio privado.

Añadió ingredientes extraños en el líquido de mecnia negra de un caldero, y después metía la mezcla en potes de pociones. Los frascos transparentes se volvían negros y opacos.

***

El mismo frasco de mecnia negra había ido a parar a la puerta de una vivienda de Ruber, en Flaureus. Lo recogió Marline, la madre de Enya, que sostenía ahora una de esas pociones en una mano y cargaba con el pequeño Digor en la otra. 

—Algo de alimento, ¡por fin! —exclamó alegre.

Entró a su vivienda y cerró la puerta a sus espaldas. Abrió el frasco, dejó caer el tapón al suelo y le dio de beber el líquido negro a su bebé. Aprovechó para beber ella también.

Entonces perdió el equilibrio. Digor se le cayó al suelo, y el pote también, rompiéndose en pequeños fragmentos de cristal. El niño lloró, y su madre palideció de golpe. Marline tosía entre lágrimas, notaba que se ahogaba y se llevó las manos al cuello.

Un humo oscuro les envolvió, y la cara de ambos empezaba a desfigurarse. Marline gritaba desesperada, pero la voz se le apagó. Su cabello rojo y liso se oscureció, alcanzando un color granate. Sus ojos se agrandaron y también cogieron un color más sombrío. Las manos se le volvieron más gruesas. Sintió un hambre enfermiza, cada vez más grave, más demente. Digor seguía llorando, hasta que el monstruo de Marline le dio un pisotón que lo silenció.

Escuchó un ruido. Un golpe. Dos golpes.

Alguien llamaba a la puerta.

—¡¿Mamá?! ¿Estás ahí?

FIN

Continuará…