Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

2: Azabache

Libro 1

Había oído varias veces hablar de unas llamas negras, las mismas que estaban ondeando alrededor del cadáver de Aengus. Sabía que sólo existía un individuo capaz de desprender una mecnia de ese estilo, y era un hombre tan conocido como temido por todo Noctum que se llamaba Umbra. Kyros recuperó el sentido y notó cómo la sangre le hervía mientras le corría por las venas. Se levantó y, con la mirada y los dientes fijados en los buitres, salió disparado hacia ellos con la espada empuñada.

Atacaba a la derecha y a la izquierda, al viento, sólo para ahuyentar a aquellas bestias. Cuando logró que se dispersaran, enfundó la espada. Se agachó junto al cuerpo inerte y destrozado de Aengus, repleto de quemaduras graves. Se cubrió la mirada con las manos, asustado, pero le pareció un insulto hacia su padre. Decidió entonces apartar los dedos de su mirada uno a uno, hasta que logró destapar la vista al completo.

Suspiró.

La bolsa de piel marrón con el dinero estaba junto al cuerpo de su padre. Kyros la sostuvo con sus manos y la abrió, sorprendiéndose de la gran cantidad de nuctos que contenía. La ató de nuevo y la guardó en el bolsillo de su cinturón. Entonces colocó su brazo bajo el tronco superior de su padre y el otro en el dorso de las rodillas del mismo, alzándolo para llevárselo a otro lugar. Divisó el humo y el color naranja del río de lava en la distancia y se puso en marcha hacia él.

Caminó y caminó, sudando y resoplando mientras cargaba con lo que había quedado de Aengus. Ya había perdido la cabaña de vista, y el terreno cada vez era menos negro: ahora tomaba un color granate oscuro. El majestuoso volcán seguía notándose, pero las nubes lo iban engullendo con cada paso que Kyros daba hacia el norte.

Y finalmente llegó.

El brillante río de lava se encontraba a su derecha, y frenó para contemplarlo: dividía en dos el paisaje de arena granate. La corriente naranja cargaba con el sudor, la sangre y los huesos de los que murieron alrededor. Kyros alzó el cuerpo de su padre y lo contempló por última vez con las lágrimas que serpenteaban descendiendo por sus mejillas. Miró su cara desfigurada, sin atreverse a detenerse en ella por mucho tiempo. Algo en el cuello de su padre le sorprendió, pues el colgante de obsidiana parecía no haberse visto afectado por las quemaduras. Kyros pensó en quitárselo para quedárselo él en recuerdo de su padre, pero por alguna razón sintió que eso estaba mal, que sería robar una parte importante del orgullo de Aengus. Se agachó y volcó el cadáver en la lava. Un ruido flamante surgió y el humo se intensificó. Kyros se arrodilló y obersvó cómo el cadáver de su padre se fundía ante él. Lloró y deseó que sus lágrimas cayeran en el río y pudiesen apagar la lava, sólo para abrazar a Aengus una vez más.

Permaneció allí en silencio un buen rato, pero algo se movía entre las sombras de la zona. La tranquilidad no tardó en romperse: un rugido grave y cercano hizo temblar el tímpano de Kyros. Se levantó, sacó la espada de la funda y miró alrededor.

A su izquierda, un león esprintaba hacia él, garra tras garra, arañando el terreno con fiereza. Era un león negro, tal y como el que había cazado su padre varias horas atrás. Pero éste era algo más pequeño: quizá fuera su hijo, que buscaba venganza. Kyros corrió río arriba asustado, a toda velocidad, pero el león consiguió alcanzarlo.

Kyros se volteó, encarándole justo cuando el animal se abalanzó contra su cuerpo, pero no pudo evitar caer. El león lo tumbó, oprimiéndole contra el suelo, cubriéndole el rostro con la pezuña. Con suerte, Kyros había reaccionado a tiempo para clavarle el arma. Olió el sudor de las garras duras mientras le arañaban con fuerza la mejilla derecha. Sintió algo líquido brotando de su cara: sangre. Hizo más fuerza en la espada, empujándola más adentro del león, que cada vez gruñía con más intensidad y abría más la boca, mostrando sus dientes manchados. Kyros notaba cómo las garras le acariciaban la nariz con debilidad y bajaban hasta quedar sobre sus labios. Colocó la palma sobre el pecho velludo del animal y palpitó los latidos de su corazón. Notó dos vibraciones que se volvían más leves tras cada segundo, hasta que cesaron.

Entonces empujó al felino, echando su cuerpo pesado e inerte a un lado, y se levantó mientras le extraía la espada del pelaje. Observó las sucias pezuñas que se habían estado paseando por su cara y le cortó una, que guardó en la bolsa de su cinturón.

Las gotas de sangre del filo del arma coloreaban la tierra granate, que cada vez se tornaba más rojiza. Era símbolo de que estaba llegando a Flaureus. Mientras seguía observando al león negro que justo acababa de matar, recordó las palabras de su padre: “El día que tú mates a un león negro serás todo un hombre, también”. Pero no se sintió como tal.

La mejilla derecha le ardía, el león le había dejado una cicatriz con forma de línea diagonal. Oyó su barriga rugiendo, y el instinto le hizo mirar alrededor en busca de piedras y palos: necesitaba hacer fuego para cocinar su caza reciente.

***

Kyros comía tranquilo y sentado sobre el terreno. Cortaba los trozos que cocinaba en la hoguera con la espada.

—Perdona… —susurró una voz débil que se acercaba.

Kyros se fijó en aquel muchacho raquítico. Estaba tan delgado que se le marcaban los huesos, y apenas se insinuaba su sombra. Tenía el pelo largo, enredado, oscuro y sucio. Llevaba una camiseta llena de rasguños y pantalones largos en el mismo estado. Caminaba a tropezones, como un zombie, hacia la posición de Kyros. Éste no contestó, se limitó a observarle con precaución mientras le daba otro mordisco a su comida.

—No… no tengo nada de dinero —murmuró el desconocido, con el rostro agachado—. Dame unas monedas, por favor…

—No te voy a dar ni un nucto —contestó Kyros—. Siéntate aquí y come del león, si quieres. No me lo voy a comer todo yo solo…

—Pues yo lo haría —replicó el muchacho, mostrando sus dientes destrozados y amarillentos en un intento de sonrisa.

Kyros no sabía si bromeaba o no.

—Sírvete.

Obedeció y se sentó. Kyros le acercó un trozo de carne cortado con la espada.

—Gr… Gracias. Es extraño encontrar a alguien por aquí… y más que sea amable. ¿Has oído a esos… caníbales?

—¿Caníbales?

—Sí… Se han llevado a una cría. Los he visto… lo he visto. Me he escondido detrás de unas rocas… y a ella le han tapado la boca. Y se la han llevado. ¡Se la han llevado! Tenían hambre… hambre, decían. Y se han ido… hacia el norte.

—¿Has visto a alguien más por la zona?

—No… Bueno. Hace unos días me encontré también con un hombre… pero estaba muerto. Algún animal lo mató.

—¿Algún animal? ¿Cómo sabes que no lo mató una persona?

—Porque tenía monedas en los bolsillos.

—¿Y vienes a pedirme más dinero?

—A ver… —Cruzó las piernas, acomodándose—. Les he dado esas monedas a los salvajes que se han llevado a la cría… Me han descubierto. Les he cambiado las monedas… por mi vida… —Le entró un escalofrío que le hizo temblar la muñeca, y se le cayó la comida de la mano.

—Toma. —Kyros le acercó otro trozo de carne—. Disfruta del sabor de la supervivencia.

Le dio un mordisco.

—El sabor de la supervivencia, ¿eh…? Pues está de muerte. —Mostró de nuevo su sonrisa putrefacta.

Kyros se acomodó tumbándose sobre el terreno y mirando hacia el cielo. Dejó la funda de su espada al lado.

—¿Cómo te llamas? preguntó a su invitado.

—¿Yo? —El joven parecía ruborizarse—. F… Foed. Me llamo Foed. Hace tanto tiempo que no me lo preguntan que… me cuesta recordarlo. ¿Tú? —siguió devorando el manjar.

—Kyros.

—¿Te diriges hacia Flaureus…, Kyros?

—Sí.

—El Fénix está a punto de renacer. No… No llevo la cuenta de los meses, pero ya mismo se cumplen los diez años… Sí. —Movió los dedos, contándolos—. Diez años…

—¿Y qué crees que pasará entonces?

—Umbra… invocará al Fénix y volarán Mons Praeton… derrotarán la guardia de Basius. Nosotros… ¡Libres! Seremos libres.

Kyros pensó que Foed volvería a sonreír, pero no lo hizo. Y lo agradeció. Clavó la mirada en el cielo y se imaginó al ave fénix batiendo sus alas junto a las nubes. Recordó a Umbra y la muerte de su padre.

—Yo quiero matar a Umbra.

—¡¿Qué?! ¡Ja, ja! ¿Quieres matar al ser más fuerte de Noctum? Tú… ¿Por qué?

—Quiero vengar a mi padre. Él lo mató, y creo que también ha secuestrado a mi madre.

—Eso… es imposible. ¡Muy imposible! Da gracias… a que tú sigues vivo… Umbra es invencible. Es el único que puede llevarnos… a la victoria contra Basius. El único que nos puede hacer… ¡libres!

—Libres… ojalá me sienta libre algún día… He nacido y crecido en Noctum, y aún no me he acostumbrado a vivir aquí.

—Nunca… Nunca lo harás. Nadie lo hace…

—Pero Basius…Allí quizá sí podría acostumbrarme.

—¿Y quién no? ¡Ja, ja! Pero los que allí pecaron… no pueden volver. Ni siquiera nosotros, sus descendientes, podemos ir. ¡No… No tenemos culpa! —Foed, enfurecido, hincó sus muelas dañadas en la carne de león. Cerró los ojos y apretó los labios, expresando dolor.

—La última guerra nos dio algo de esperanza. Aunque muchos de los nuestros cayeron en Mons Praeton, sin llegar nada lejos…

—Sí… Sí. Muchos fallecieron allí…

—Tranquilo, Foed. Puede que el próximo Fénix nos libere. —Giró el cuerpo sobre la tierra rojiza, apoyando la mejilla sobre el dorso de sus manos, tumbado—. ¿Sabes…? Llevo mucho tiempo sin descansar tranquilo. Y me imagino que tú también.

—Claro…, Kyros. Duerme… Después lo haré yo. Ya vigilo.

Kyros le sonrió y abrió la boca para decir “gracias”, “buenas noches” o quizá un simple “encantado de conocerte”, pero no logró pronunciar nada.

Cerró los ojos y sucumbió al sueño.

***

Soñaba con su dedo índice rizando el cabello castaño de su madre. Kyros y Fernweh estaban sentados sobre la tierra negra de Mons Ignifer. El volcán quedaba a sus espaldas. Fernweh reía al ritmo de una melodía que sonaba al son de las gotas de lluvia, y Kyros recordó unas de las últimas palabras que ella le había dicho: “Algún día llegaremos a Basius, hijo. Algún día no tendremos que depender de la lluvia para poder beber. Tampoco tendremos que asesinar animales para poder comer.  Pero, en el camino hacia allí, puede que ese frasco sea lo único que te mantenga con vida. No sabemos cuándo volverá a llover, Kyros. Así que toma, llena este pote con todas las gotas que puedas y bebe, bebe hasta que te sacies. La lluvia significa esperanza, hijo. Recuérdalo. La lluvia significa esperanza…“.

La imagen de Fernweh se esfumó del sueño y apareció la del majestuoso Fénix en su lugar, volando sobre el volcán. Una figura blanca lo montaba y lo guiaba por debajo las nubes tempestuosas y por encima de las montañas.

Todo desapareció por un instante, y la imagen de su madre volvió de repente. Su rostro estaba pálido, contrastado con el color de sus ojos tan negros que parecían no tener fondo.

—Despierta… susurraron sus labios femeninos—. Despierta. ¡Despierta!

Kyros abrió los ojos. Reconoció su espada acercándose a su propio corazón. Vio que Foed era quien la empuñaba. Kyros le logró agarrarle de las muñecas y empujarle hasta que cayó a su lado en el suelo. Se levantó y recuperó su preciada arma. Los ojos de Foed contenían una mezcla entre susto y arrepentimiento. Los de Kyros reflejaban sufrimiento y traición. Le salió una lágrima detrás de otra, y ambas se fusionaron. Apretó tanto la espada con sus manos que se le marcaron las venas.

—¡¿Por qué?! ¿Por qué, Foed? —preguntó, colocando la punta del filo sobre su cuello.

—Ne… Necesitaba… El dinero… contestó con voz temblorosa. Bajó la cabeza, rendido.

Kyros alzó su mano libre para limpiarse las gotas que humedecían sus mejillas. Levantó la espada y la separó de la yugular de Foed, sólo para volver con más fuerza. Tanta fuerza que le atravesó la piel.

El cuello de Foed parecía un volcán en erupción. La sangre formaba ríos que desembocaban en la tierra granate. Kyros colgó la funda de la espada en su espalda y guardó allí el arma. Dedicó una última ojeada al muerto y le volvieron a salir más lágrimas. Se escuchó un trueno, y gotas de lluvia aparecieron golpeando el suelo, ofreciéndole consuelo. Extrajo el frasco de su cinturón y lo puso al vuelo.

“Lluvia significa esperanza”, se recordó a sí mismo.