Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

3: Flaureus

Libro 1

Enya caminaba sola por una elevación seca y rocosa de Flaureus. Sujetaba un largo palo con la mano derecha que tenía una llamarada en ambos extremos. Golo, le llamaba. Le servía como linterna y arma por todo Noctum. Se sentía segura con él, y sabía que espantaba a muchos salvajes que veían su brillo desde lejos. Daba vueltas verticales al instrumento, al compás de sus pasos, dibujando un círculo esporádico en el aire con el rastro del fulgor.

La joven, de diecinueve años, tenía los labios pintados de color rojo pasión, acorde con su pelo. La melena le llegaba hasta el cuello, y se peinaba el flequillo hacia un lado con la yema de los dedos.

Sus andares la condujeron a un acantilado. Se acercó a la punta y observó Flaureus desde lo alto. La sierra de Mons Praeton quedaba en el horizonte. El terreno marrón arenoso de Ora se insinuaba también en la distancia. Sus pupilas se toparon con el gran lago de lava en el corazón de Flaureus, y siguieron la longitud del río cercano hasta una posición tan cercana a ella como la que tenía bajo sus pies. Justo debajo de la elevación, había alguien rodeado por cuatro animales junto a la corriente de lava.

Cuatro leopardos rojos contra Kyros.

Los leopardos rojos presentaban un pelaje casi tan rojizo como el suelo de Flaureus, con manchas negras esparcidas desde la cabeza hasta la cola. Una peculiaridad de estas fieras era que su tacto ardía. Se decía que, cuando un leopardo rojo se enfurecía mucho, se podía ver el humo saliendo de su cuerpo.

Presentían su carne y se relamían con cada paso que daban hacia él. Kyros intentaba huir, pero no podía cruzar la lava. No encontraba salida, por mucho que la buscaba. Dirigió una mano a sus espaldas y sacó su espada.

“No tengo miedo”, susurró para sí mismo. Un rugido intenso arañó el silencio. Otro más potente le siguió. “Bueno, un poco sí”, se corrigió. Retrocedió un paso, dos. Calculó la distancia de los leopardos que se le acercaban. Dio cinco pasos atrás más hasta que el talón notó el vacío y el calor del río. Un solo movimiento erróneo y quedaría abrasado por la lava. Se enderezó, cogió carrerilla y se lanzó a por los felinos.

Mientras clavaba el arma en uno de ellos, el otro le hincó sus garras en la espalda. Kyros olió el mal aliento de la pantera cuando ésta acercó sus colmillos al cuello, pero él logró apartarse antes de que sucediera. No paró de mover la espada hasta derrotar a ambas fieras. Se puso en guardia rápidamente, recordando las otras dos, pero se habían distanciado.

Combatían contra dos llamaradas sujetas a un palo.

Enya bajó a ayudar y dio vueltas a su golo para golpear a las bestias. Su fuego ardía más que el calor que los leopardos emitían con su piel, por lo que rugían y gemían de dolor cada vez que les rozaba con él. Ella se movía con golpes cortos y directos, estudiados. Posó una punta ardiente en el costado de uno y apretó hasta perforar. El animal cayó derrotado. El leopardo restante reculaba hacia atrás, queriendo huir, pero vaciló con un rugido inseguro. Enya le golpeó tan fuerte en el morro que lo arrastró hacia un lado. Segundos más tarde, había acabado con él.

Kyros la estaba observando. ¿Y en qué se fijaría un chico de dieciséis años? ¿En los hombros de la chica? No, claro que no. Se fijó en el bulto sugerente de ambos senos, en sus delgadas pero profundas caderas. Le sorprendió su piel clara, poco acostumbrada a la luz del fuego. Se hubiera quedado el resto del día contemplando la figura de Enya, pero se dio la vuelta en cuanto sus ojos toparon con el color miel de los de ella y echó a andar.

—¡¿De nada?! gritó Enya a sus espaldas.

Kyros paró y la volvió a mirar.

—Gracias, pero podía yo solo.

—¡¿Tú solo?! ¡Ja! Venga, si te he olido los pantalones desde lejos. —Enya se le acercó—. ¿Has pasado mucho miedo, niño? —preguntó, acariciándole el cuero cabelludo.

—¿Qué? ¿Niño? —Kyros se apartó, ofendido—. Tengo dieciséis años, ¿eh?

—Pues por eso. Eres un crío inmaduro… ¡Alguien inteligente no se lanza a por cuatro leopardos! ¡Y menos con un ataque directo! Ahora estarías muerto, niño. —Le volvió a acariciar el pelo.

Kyros soltó un bufido.

—Oye —continuó Enya—, ¿has visto a un hombre pelirrojo por aquí?

—¿A un hombre pelirrojo?

—No, a una hiena coja y ciega. ¡Sí, sordo! A un hombre pelirrojo.

—No, y si lo hubiese visto, también te diría que no. Kyros volvió a darse la vuelta y continuó andando río arriba por la orilla.

—¡Eso! ¡Acércate más a la lava, a ver si te caes! —escuchó a Enya a sus espaldas.

Siguió andando hasta llegar al gran lago naranja. Se quedó quieto en el borde, donde contempló el fuego y se impregnó aun más de calor. Se puso de rodillas, juntó las palmas de las manos y cerró los ojos. Enya le había seguido y se le acercó.

—¿Estas rezando? —preguntó la joven pelirroja.

—¿Rezando? ¿Eso qué es? contestó, aún con los ojos cerrados.

—Rezar…, pedir algo a los dioses. Es algo común por las tierras de Basius…

Kyros abrió los ojos y se levantó.

—¿Basius? ¿Eres de Basius?

—Lo era. Nos echaron a mí y a mis padres de allí.

—¿Por qué?

Fue Enya la que rehuyó la mirada entonces, aunque sólo por un instante.

—No te importa, niño.

—Tengo dinero… No me importa pagar por información sobre Basius.

—Hm… —Enya acarició su fina y pálida barbilla—. Está bien. Después de la guerra de hace casi diez años, con la crisis y las últimas batallas, no había recursos suficientes para todos. Aguantamos todo lo que pudimos, pero al final expulsaron a mi padre por matar a un animal, a mi madre por cocinarlo y a mí por comérmelo.

—¿Estás castigada por comerte a un animal?

—¡Claro! En Basius es impensable matar o comerse un animal. Pobre del que le ponga la mano encima…

—¿Y qué se suele comer allí?

—Vegetales, algas, carne sintética… y pociones, muchas pociones. Hay algunas muy buenas… ¡Ah! suspiró—.¡Cuánto anhelo su sabor!

—¿Carne sintética? ¿Qué se supone que es eso?

—En los laboratorios preparan carne a partir de las células madre de los animales. Cada vez investigan para hacer sabores y texturas más saludables y apetitosas.

—Y esas pociones que dices, ¿son líquidas? ¿A qué saben?

—Hay muchas mezclas distintas… mi favorita era una que sabía a manzana y espinacas, y en el fondo del pote se notaba un poco de chocolate. Sí, suelen ser más o menos líquidas.

—Me cuesta de creer que existan cosas así…

—Bah, pues aún no sabes nada… Pero volvamos al tema: ¿qué hacías de rodillas con los ojos cerrados junto a la lava? —Enya miró al gran lago junto a ellos.

—Mi padre está ahí. Lo lancé cuando murió.

—¡¿Qué?! ¿Has tirado a tu padre al fuego?

—Claro. Así lo quería él. Así lo quieren todos aquí en Noctum. “El alma de los caídos fluye por el fuego líquido, velando por sus seres queridos que aún siguen vivos”recitó Kyros—. Es uno de nuestros lemas.

—Entonces vuestros ríos y lagos son un cementerio, imagino…

—Supongo. Sólo intentaba decirle a mi padre que estoy bien, y que lo seguiré estando. Y que pienso llegar a Basius algún día, tal y como él y mi madre deseaban.

—Ojalá fuera posible…

—Sí que lo es. Todo es posible.

—Si os pensáis que un pajarraco como el Fénix es capaz de derrotar a la guardia de Basius, ya os podéis rendir. Ya sabes el resultado del último enfrentamiento. Un pájaro de fuego no hace tanto daño.

—Tú no sabes nada…

—¿Ah, no? ¿No sé nada?

—Año tras año, muerte tras muerte, el Fénix renace más fuerte. Cada baja sufrida en Noctum se mezcla con la lava, y esa misma lava llega al volcán de Mons Ignifer. Allí se solidifica el Fénix, junto con todas las almas sacrificadas. Esta vez, mi padre será parte de él. Y yo seguiré su vuelo.

Las mejillas claras de Enya se sonrojaron, y sus ojos se agrandaron mientras le escuchaba. Clavó su golo en la arena, alzó los brazos y aplaudió.

—¡Yuhu! Un discurso muy bonito, sí. Pero no deja de ser una ilusión. Te sorprenderías de lo poderosa que es la guardia de Basius y, sobre todo, la reina Keter. Recogió de nuevo su golo.

—Veo que tienes mucho que contarme…

—¿Ves aquella colina, Kyros? —Ambos miraron hacia la izquierda—. Ruber, mi pueblo, está por allí. Acompáñame; vas a pagarme por la información dándole el dinero directamente a mi madre.

—De acuerdo… —respondió Kyros, con una ligera sensación de incertidumbre.

—¿Cuánto va a ser? Quiero decir, ¿cuánto piensas pagarme para que te hable sobre Basius?

—Ya te lo dirá tu madre.

—Estúpido niño… —Se peinó el flequillo con la mano que tenía libre.

Enya hacía bailar el golo en su mano sin ser consciente de ello. Kyros la observaba con discreción, fijándose por primera vez en ella. Le gustaba su pelo color sangre y la finura de su cuerpo. Enya lucía un colgante con un mineral de aguamarina. Vestía un corsé violeta sobre una blusa color crema, aunque parecía que originalmente había sido blanca. Llevaba una falda cortada de color marrón claro tan larga que casi le cubría hasta los tobillos. Tenía la rodilla izquierda y los codos rasgados. “Una tipa dura”, pensó él.

—Por cierto, menuda vestimenta llevas. ¿Trabajas en un circo? —bromeó Kyros.

Enya giró el cuello para hablarle, y sus pendientes relucieron en los ojos negros de él: de una oreja le colgaba un recipiente transparente redondo que contenía un líquido amarillo; en la otra llevaba otro potingue igual con líquido violeta. Parecían algún tipo de pociones.

—Eres un idiota. Es la ropa típica de Basius, pero como ves he tenido que hacer unos apaños para adaptarme a tus tierras mugrientas. Gracias al corte que me he hecho en la falda, puedo moverme mejor. Incluso podría patearte la cara.

El paisaje parecía tranquilo, a pesar de la oscuridad inquebrantable. Habían caminado ya un buen tramo sin complicaciones, pero de repente oyeron risas burlescas.

—Estate atento por aquí, niño.

—Kyros. Me llamo Kyros.

—Está bien, Kyros. Cuidado por esta zona, suelen haber hienas.

Y una hiena se les cruzó, y se escondió tras un muro rocoso. Otra hiena la siguió, y ambas produjeron una risa  escalofriante. Enya sonrió, y Kyros admiró el dibujo de sus labios. Ella imitó con exageración las risas de las hienas.

—No puedo evitarlo, me hacen mucha gracia —admitió Enya.

—Si te burlas demasiado, nos atacarán.

—Que vengan. —Dio una vuelta elegante a su golo—. ¡Estoy preparada!

—Será mejor si nos evitamos cualquier batalla inútil…

—Ninguna batalla es inútil mientras tenga que matar para alimentar a mi hermano. Mierda, maldito Noctum. Se cubrió la cara con la mano y dejó de caminar.

Kyros se dio cuenta y paró también, poniéndole una mano sobre el delgado hombro.

—¿Estás bien?

—Sí, descuida. Es sólo que… la vida en Noctum me ha convertido en una jodida asesina.

—Vamos, apaga los fuegos del golo.

Enya miró a Kyros. Él se justificó:

—Ya me encargo de las hienas yo solo. Cortaré los trozos de carne que tú y tu familia necesitéis por ahora.

La risa traviesa de las hienas volvió. Sonó retorcida, retumbando en los oídos de Enya y Kyros como un tenedor rascando un plato. Enya se puso en guardia.

—Lo siento, Kyros. No permitiré que te deleites ante mí con tu estilo de lucha infantil.

Una estocada implacable de Kyros acabó con un animal, y el calor punzante del golo de ella acabó con el otro sin mayor complicidad. Kyros cortó grandes trozos comestibles que cargaron entre los dos.

—Ahora ya tenemos suficiente. No tienes motivo para buscar más presas… Apaga los fuegos del golo.

—De acuerdo, los apago. Hincó los extremos del palo en el suelo, desvaneciendo el brillo ardiente—. Pero porque yo quiero, no porque tú me lo hayas dicho.

Kyros se limitó a darle la espalda y seguir caminando. Enya aceleró el paso y, al llegar a su lado, le confesó con voz baja y mirando al suelo:

—Enya. Yo soy Enya.

—¡Oh! Pensé que tendría que esperar a conocer a tu madre para saber tu nombre.

Enya no contestó. Permanecía observando la tierra chamuscada que pisaba con pasos lentos y sigilo. Kyros la seguía y notaba el roce de la arena roja deslizándose entre los dedos de sus pies descalzos. Pasaron entre árboles muertos bajo las nubes grises; oyeron el murmullo de animales infelices y olieron la mugre seca colándose por sus narices.

—Ya llegamos —indicó Enya, apuntando con su golo hacia un puñado de cabañas cercanas—. Allí está mi casa.