Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

4: Ruber

Libro 1

En Ruber predominaba el color rojo, al igual que en todo Flaureus. Era una pequeña aldea iluminada por el río de lava cercano y las numerosas antorchas colgadas en las fachadas de apariencia inestable. Los habitantes vivían en pequeñas chabolas y cabañas; otros se protegían regocijados en grutas, y el resto en cuevas cercanas. Incluso algún amplio barranco servía de vivienda. También se divisaba un puesto deteriorado donde un comerciante exhibía carne para vender, envuelto de armas para defenderse de cualquier posible atraco.

La madre de Enya era una de las pocas privilegiadas que tenía una chabola en condiciones. Sonrió a su hija en cuanto la vio venir.

—Madre, te presento a Kyros. Kyros, mi hermano es Digor.

—Hola, Kyros. Yo soy Marline. Te daría la mano, pero… —Marline sostenía a un bebé sobre sus brazos, Digor, que no apartaba su mirada curiosa de los rizos pelirrojos de su madre.

Kyros le devolvió la sonrisa. El comportamiento de Digor le recordó a una versión pasada de sí mismo, cuando también se perdía en el pelo de su progenitora.

—Querida —pronunció Marline, dirigiéndose a su hija—, ¿tienes noticias de tu padre?

—Lo siento, madre… —Enya negó con la cabeza y miró a su acompañante—. Vamos adentro, Kyros. Mejor dejamos a mi hermano tranquilo, ahora que no está llorando ni pataleando.

Junto al hogar había dos caballos atados, cuyo pelaje oscuro lograba disimular la suciedad. Kyros se acercó y les acarició.

—¿Son vuestros? —preguntó a Enya.

—No, son de una hiena coja y ciega. ¡Pues claro que son nuestros! Vamos, entra.

Dentro del habitáculo, Enya dejó apoyado su golo en la pared. Se acercó a una caja azul con una tapa negra y la abrió, dejando un montón de piedras preciosas y minerales al descubierto.

—¿Ves todo esto, Kyros? Es a lo que me dedico, a hacer joyas. Te lo enseño a ti porque eres un chico… Si fueras una chica, ya me habrías matado y te lo habrías llevado todo.

Kyros le sonrió, sin haber prestado mucha atención a lo que acababa de decir. Seguía absorto en el estilo de vestir de Enya y sentía curiosidad por todas esas piedras que ahora le enseñaba. Imaginó que el colgante de aguamarina se lo habría hecho ella misma. Entonces señaló los pendientes redondos con líquidos de colores que colgaban de sus orejas.

—¿Qué son exactamente?  

—¿Esto? —Enya se llevó el dedo índice a la oreja y acarició el contorno circular del recipiente—. Son pociones, claramente. No es raro ver a personas con pendientes de pociones en Basius, aunque es más común entre las chicas. El líquido amarillo es un estimulante, aumenta el nervio y ayuda a actuar con más rapidez. El lila, en cambio, es todo lo contrario; relaja el cuerpo y la mente.

—Qué cosas más extrañas…, pero me gusta.

—¿A que es bonito? Los recipientes me los he hecho yo —confesó, todavía acariciándose el pendiente—. Y también intercambié muchos iguales cuando aún estaba por allí.

—Haces un buen trabajo. Mi madre te hubiera pagado mucho dinero por joyas así…

—En Noctum hay muchos minerales que nunca he visto en Basius, pero no he visto que la gente los utilice como joyas por aquí… Lo que sí que he visto son collares y pulseras de uñas y dientes de animales, incluso plumas…

—Sí, eso es más normal. Cuando la gente acaba con un animal importante, se guarda una parte como trofeo, como recuerdo…

—Eso es asqueroso, Kyros…

Kyros se metió la mano en el bolsillo de su cinturón. Sacó la uña de león que había matado pocos días atrás.

—Oh, ¡por los dioses de Ánima! ¿Qué es esto?

—Es la uña de un león negro que me atacó en Azabache. Fue el primer león que derroté yo solo. Mira. —Kyros puso el rostro de perfil para mostrarle la cicatriz en su mejilla—. Es la garra que me dejó esta marca.

—¿Y la guardas en un bolsillo tan frágil? ¿Cómo te atreves? Anda, ¡dámelo!

Enya no esperó a que él se lo entregara, se lo arrebató en un acto impulsivo y buscó algo en su caja azul. Extrajo una diminuta herramienta afilada y perforó el centro superior de la uña. Entonces pasó un cordón plateado por el agujero.

—Dame el brazo —ordenó ella.

Kyros obedeció y notó el tacto de la plata rodeándole la muñeca. La palidez y el frío del roce de los dedos de Enya le hicieron estremecerse.

—¿Soy buena, eh? —Enya sonrió.

—Sí que lo eres, sí… Gracias. ¿Cuánto te debo por esto?

—¡Nada! Es un regalo de la casa. Bueno, de la casa no, de la cabaña.

Kyros se había fijado en un colgante de cuerda negra con un mineral granate

—Enya, esta piedra me suena de algo…

—Es jaspe. Lo encontré por aquí, por Flaureus. Es bastante peculiar, no existen estas piedras en Basius.

—¿Y a cuánto piensas vender este collar?

—No lo sé… Todavía no tengo ni idea de cómo va esto de los precios ni las monedas. ¿Cuánto crees que debería pedir?

—Tres o cuatro nuctos…, sí. Tres o cuatro. —Kyros sacó la bolsa de si cinturón y extrajo cuatro nuctos—. Te compro el collar de jaspe.

Enya mantenía la mirada absorta en las monedas negras con forma de hoja y en la nervadura en forma de Fénix de las mismas, mientras estiraba el brazo para entregarle el collar a Kyros. Él le dio los cuatro nuctos.

—Se te da bastante bien —confesó Kyros, mientras se ponía el collar. El rojo granate intenso del jaspe resaltaba sobre su camiseta blanca, a pesar de las notorias manchas—. ¿Sacabas mucho dinero en Basius con esto?

—¿Dinero? ¡¿En Basius?! —Enya soltó una carcajada—. ¡Eso sí que es bueno!

Kyros alzó una ceja.

Enya tapó la caja azul de sus joyas.

—No existe el dinero allí —continuó ella—. Eso es algo que os habéis inventado en vuestras tierras indeseables… Y que me saca de quicio.

—¿Cómo…?

—Allí cada uno hace lo que le gusta —le cortó Enya—. Es sencillo… Y saludable, también. A algunos nos gusta hacer joyas, a otros investigar en laboratorios, a otros cocinar… E intercambiamos los productos.

—¿Y ya quedáis todos satisfechos?

—¡Pues claro! Todo el mundo hace algo… Quien no produce no recibe nada.

Se oyeron unos pasos cautos por la puerta. Era Marline, la madre de Enya.

—Enya —pronunció su madre, que seguía con el niño aún despierto en sus brazos—. Cariño, ¿has pasado mucho peligro? ¿Cómo te ha ido?

—Mejor que otros días, madre. Ya me voy conociendo mejor los alrededores.

—¿Has podido encontrar algo de comida?

—¡Ah, sí! Kyros y yo hemos traído carne de hiena. —Enya se levantó y pellizcó la mejilla de su hermano Digor con delicadeza—. ¡Carne de hiena que llena!

—Muchísimas gracias, chicos… ¿os quedáis a comer?

—Madre…, no. Hay más cosas que contar.

Marline y Kyros la miraron extrañados. El bebé les imitó.

—Kyros y yo vamos a coger los caballos. Galoparemos hacia Ora, pasando por Dunoe. Luego a Mons Praeton. E intentaremos llegar a Basius…

—No… —Marline agachó la mirada y ladeó la cabeza—. Enya, no. Ni se te ocurra. Es una locura.

—No lo es. El Fénix no tardará en reaparecer, y quiero estar preparada… ¡Debo estar preparada! ¡No podemos continuar en un sitio como éste toda nuestra vida! Madre…

Digor rompió en lágrimas.

Marline resopló, balanceó a su hijo y movió las piernas, nerviosa.

—No llegaréis a Mons Praeton, hija… Los Mecnia más temibles de Noctum andarán por allí también, esperando la misma oportunidad que tú. Y tu amigo… Kyros. —Se dirigió a él—. ¿Cuántos años tienes?

—¡Madre! ¿Qué más da la edad que tenga? Conoce Noctum mejor que nosotras. ¡Ha nacido y crecido aquí!

El hermano seguía llorando. Un nuevo balanceo de Marline volvió a tranquilizarlo.

—No hagas que me enfade, Enya. Ya tengo bastante con perder a tu padre. —Marline se dio la vuelta y salió de la cabaña—. No quiero perderte a ti también…

Kyros distinguió una luz líquida que salía de los ojos de su compañera y le caía por las mejillas.

—Enya…, creo que será mejor que os deje solas. Yo pago lo que tenga que pagarte por todo lo que me has dicho sobre Basius, así podréis comer bien.

—No, Kyros… Espera aquí. Deja que hable con mi madre un momento. Y deja que te acompañe hacia Basius, después. Tú me hablarás de Noctum, y estaremos en paz.

Enya salió del lugar.

Él se quedó contemplando una foto y la cogió. En ella se mostraba a Enya de pequeña, con el mismo peinado. Su madre quedaba a su izquierda y el padre, un hombre pelirrojo con bigote, a la derecha. Los tres sonreían, pero lo que le sorprendió más era el fondo: el paisaje blanco, el cielo azul y los árboles vivos. Dejó la foto en su sitio.

Enya entró.

—Vamos a por los caballos, Kyros. ¿Sabes montar? —preguntó con una sonrisa traviesa.

—Mejor que tú.

Se acercaron a ambos animales y los cabalgaron, dejando Ruber a sus espaldas.