Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

5: Dunoe

Libro 1

La velocidad les daba un poco de aire y el fresco necesario para sentirse vivos en el calor eterno de Noctum. La oscuridad les abrazaba de la manera habitual.

—¡Hya! —Enya gritaba al galope, girándose para comprobar que Kyros no la adelantaba.

Cargaba con el golo en posición inclinada en su espalda. Continuaba apagado desde la última vez que luchó con él y desvaneció el fuego en la tierra. El flequillo ladeado le rebotaba en la frente con cada trote. Kyros procuraba que su caballo corriese lo suficiente como para no perderla de vista.

Se acercaban a dos elevaciones rojizas, aunque el terreno de Flaureus empezaba a perder color cuanto más al norte se dirigían: en vez de rojo, ahora se volvía marrón. La arena se notaba menos espesa, con un tacto más blando e incluso agradable. El caballo de Enya empezó a bajar la velocidad hasta frenar por completo. Esperaron a Kyros.

—Empiezo a tener hambre… ¿tú no? —preguntó ella, frotándose la barriga en círculos.

—Pues ahora que lo dices… —La barriga de él sonó.

¡Buf! ¡Cómo echo de menos las pociones alimenticias de Basius!

—Vayamos lentos, a ver si oímos algún animal apetitoso por la zona… Puede que haya alguna hiena por aquí.

Enya volvió a imitar la risa de una hiena, con ligera exageración.

“Está loca”, pensó él.

Caminaban entre las dunas. Kyros iba detrás de Enya, a un trote más lento y contemplando las  escasas estrellas que se dejaban ver.

—Enya, tu madre y tu hermano… —Se acercó al lado de su compañera.

—¿Qué pasa con ellos?

—¿De verdad quieres hacer esto y dejarles a ellos allí?

—Quiero porque debo. Soy la única de los tres en condiciones de luchar. Y si no hay lucha, no hay cambio ni victoria.

—Pero vais escasos de comida, y no he pagado nada…

—Le he dado permiso a mi madre para ocuparse de mis joyas y venderlas como le plazca. No hay problema.

—¿Y… qué hay de tu padre?

—No lo sé… mantengo la esperanza de que lo encontremos por el camino. ¿Y tu madre, Kyros? Nunca me has hablado de ella.

Kyros recordó la calidez de la sonrisa de su madre y la suavidad de sus caricias. Miraba al suelo, perdido en su pensamiento con sus emociones.

—¿Kyros…? —Enya se percató de la desconexión de éste.

—Perdona… Es que no sé dónde está. Creo que la han raptado, pero también es posible que me haya abandonado….

—¡¿Qué?! ¿Cómo te va a abandonar una madre?

—Es lo más común aquí. Una madre cuida de su hijo hasta que éste puede valerse por sí sólo. Es normal ver a niños de cinco años vagando solos por Noctum. Lo extraño es que ella me haya mantenido a mí hasta los dieciséis.

—¡Pardiez! ¿Cómo es eso posible?

—Veamos… Muchas veces es porque la madre no tiene recursos para alimentarse ni si quiera a ella misma. Y no hace falta que te diga a qué puede derivar eso…

—Dímelo…

—A que se vea tentada a comerse a su propio hijo.

Enya tragó saliva.

—Y que se lo coma de verdad.

—¡Calla!

—No sé dónde está mi madre, pero algo me dice que la encontraré en Basius…

Enya agachó la mirada, buscando en su mente las palabras apropiadas para responder.

Las ocho pezuñas acariciaban la arena. Kyros y Enya intentaban percibir cualquier sonido ajeno, pero no eran los únicos con el oído atento. Tres leopardos andaban con tacto cuidadoso, saliendo de detrás de las rocas montañosas y acercándose a ellos hasta rodearlos en forma de triángulo. Los gruñidos sonaron como una melodía: uno lo empezó y los otros dos lo acompañaron en escala ascendente, al son del movimiento de sus colas. Los dos caballos se juntaron más.

—Kyros…, poca cosa voy a hacer con el golo apagado…

—No te preocupes —respondió él, mientras bajaba del caballo.

Los leopardos se aglutinaban cada vez más. Enya también bajó del caballo y sacó su arma de la espalda, aun sin estar en condiciones propicias. Retrocedió hasta chocar su espalda con la de Kyros. Él acomodó la nuca en su cabello y cerró los ojos para suspirar. Los abrió un segundo más tarde y se puso en posición de ataque.

Pero los leopardos reculaban.

Los felinos empezaron a correr, huyendo hacia las afueras. Kyros se dio la vuelta y vio que Enya estaba igual de sorprendida y pasmada que él. Entonces vieron cómo una pantera negra se movía con elegancia y silencio hacia ellos. Sus ojos amarillos parecían dos faros llenos de luz que le guiaban por aquella noche inacabable.

Dio un paso, dos, tres y cuatro. Cogió velocidad dando botes altos y largos, pero no se dirigía a ellos: la pantera negra se lanzó al caballo de Enya e hincó los dientes en su pierna trasera, dejándolo cojo y haciéndole caer al suelo. El quejido del caballo raspó tanto en el oído de la joven pelirroja que le salieron lágrimas.

El animal encaró luego a Enya. Se le acercaba clavando el iris amarillento en su cuerpo delgado. A ella se le congeló el llanto y le comenzaron a temblar los brazos. La pantera se relamió el morro al notar el miedo de su presa, pero Kyros se colocó en medio del camino. La ronca amenaza felina no le perturbó. Le atacó con estocadas controladas y concisas. Enya no dudó en ayudarle, y juntos cooperaron hasta debilitar a la pantera.

No pudieron acabar con ella, ni ella con ellos. Huyó cuando se dio por vencida, satisfecha con el sabor de la pata del caballo de Enya en su lengua. Ambos siguieron la carrera del animal hasta que éste fue engullido por las sombras del paisaje.

—¡Maldita sea! —lamentó Enya.

Corrió hasta su caballo, cuya pierna le tiritaba en el suelo. No podría volver a levantarse. Enya se agachó y le acarició el pelaje de la cabeza. Cerró los ojos, se puso de rodillas y rezó en silencio.

***

Kyros cabalgaba su caballo con Enya a sus espaldas cogiéndole de la cintura. Adoraba el tacto de sus manos aun siendo por encima de la camiseta, pero no le gustaba más que el roce de sus pechos en la espalda. Una gota le cayó sobre la cabeza. Ambos observaron las ennegrecidas nubes y luego miraron hacia abajo: las gotas que mojaban el terreno les confirmaron que empezaba a llover.

—Es un buen momento para llenar el recipiente de agua…

—¡Mira, Kyros! —Enya señalaba la entrada a una pequeña cueva—. No parece que haya nadie allí dentro.

Bajaron del caballo y, mientras Enya ponía su frasco al cielo, Kyros ató el caballo al tronco de un árbol sin vida. Dejó su pote fuera de la gruta, dejándolo llenar de las gotas que acertasen a caer en su interior; se metió y se sentó bajo el cobertizo de piedra. Enya se le unió, acomodándose a su lado.

—Mira la arena del suelo, Enya… el color marrón es cada vez más claro.

—¿Claro? Aquí eso no existe… en Noctum todo es oscuro.

—Eso lo dices porque no has visto bien el color de tu piel.

—Qué gracioso eres… Por cierto, me tienes que contar cómo es la mecnia por aquí.

—La mecnia… los que la utilizan son peligrosos. He visto a algunos en acción, sacando el fuego directamente de sus manos, abrasando animales y personas. Los Mecnia más avanzados incluso llevan el Reflejo de Noctum…

—¿Qué es el Reflejo de Noctum?

—Es el… colgante con esa bola redonda, que es toda negra pero que tiene un círculo rojo más pequeño… ¿sabes?

—Creo que sí… en Basius también llevan un colgante así, sólo los más poderosos. Lo que pasa es que ese colgante allí se llama Reflejo de Basius y es una bola blanca con un pequeño círculo azul. A los que llevan ese colgante se les conoce como Neksos.

—Neksos, sí. Igual que aquí. Los Neksos llevan la mecnia a otro nivel, dicen que conocen la lengua de los dioses, y que llevan su saliva y su sangre mezclada con mecnia pura.

—Sí, la mezcla está dentro de la bola. Es exactamente lo mismo que en Basius. Pero allí nadie saca fuego… allí la Mecnia es de agua. ¿Todos sacan fuego aquí?

—Todos, aunque he oído que hay un par de excepciones. Se ve que hay un hombre que tiene un ojo amarillo. Ojo Eléctrico, le llaman. Dicen que ha matado a gente a rayos.

—¿Cómo? ¿A rayos? Me sorprende, aunque creo que no es la primera vez que oigo que alguien saca mecnia de ese tipo.

—Sí. Algunos dicen que el tal Ojo Eléctrico estaba tirado en el suelo, derrotado. Muerto. Pero que entonces, un día de tormenta le cayó un relámpago justo en el ojo y resucitó.

—Bobadas…

—También está Umbra…

—Sí, sí. A ése lo conoce todo Basius, también. Bueno, conocer nadie le conoce, pero todos han oído sobre él… Umbra. El invocador del Fénix. ¡Dicen que el fuego que saca es completamente negro! ¿Te imaginas?

—No me lo imagino… —Kyros desvió la mirada, hacia fuera de la cueva—. Lo recuerdo. Recuerdo el cadáver de mi padre envuelto en quemaduras y llamas negras revoloteando alrededor. Recuerdo las historias y leyendas que la gente cuenta sobre él…  Antes te he dicho que alguien raptó a mi madre. Pues tengo el presentimiento de que fue Umbra. Todo apunta a que fue él.

Enya tragó saliva y seguidamente bebió agua de la que justo había recogido con la lluvia. Kyros la imitó, y se produjo un silencio incómodo.

—Enya…

—¿Sí..?

—En Basius, ¿cuándo podéis usar la mecnia vosotros?

—Cuando maduramos. No hay una edad concreta. La mayoría empieza entre los dieciocho y veinte años. Si cumplen veintiuno y aún no han sacado nada de agua, es que hay algún problema. Suerte que yo a los dieciocho ya fui capaz…

—¿Tú? ¿Tú lograste sacar agua de tu propia mano?

—No, yo no. Una hiena coja y ciega. ¡Pues claro! ¿Es que no me ves madura o qué?

—¿Y por qué bebes agua de lluvia? ¿No te puedes beber la tuya?

—Inútil… —La joven pelirroja mostró una sonrisa nostálgica y, aún sentada, se dio la vuelta. Entonces apartó el pelo rojo de la parte posterior de su cuello—. Observa.

Enya dejó al descubierto un tatuaje: el dibujo de una llama de fuego negra.

—Este tatuaje se lo hacen a todos los expulsados de Basius. Es el símbolo del pecado, y se le pone a cualquiera que se le haya quemado el corazón.

—¿El corazón se quema? ¿Qué quieres decir?

—Se dice que a alguien se le ha quemado el corazón cuando siente odio o mera maldad y cuando piensa y actúa con violencia. Si te pillan haciendo algo malo, te tatúan esto y te envían a Noctum. Mis padres también lo tienen. Además, el tatuaje, por si fuera poca la carga psicológica que conlleva, también anula la mecnia.

—¿Que anula la mecnia? ¿Para siempre?

—Bueno… Enya volvió a dejar que su pelo tapase el dibujo y volvió a darle la cara a Kyros—. Sí, es para siempre. Aunque existe el rumor de que si expiadas tus pecados cometidos y mantienes la conciencia totalmente tranquila, entonces puedes quitar la anulación, aunque estés en Noctum. Lo que ya no sé es si vuelves a sacar agua, o si ya será fuego… Todo esto, claro está, en caso de que el rumor sea cierto…

—Ahá…

—También dicen que hay pociones de mecnia blanquiazul pura que lo cura.

Algo se asomó por la entrada de la cueva. Era el caballo, que relinchó. Quizá quiso decir que había dejado de llover. Kyros se puso en pie.

—Vamos. —Estiró el brazo para ayudar a Enya a levantarse.

Ella se ruborizó y aceptó gratamente el gesto.

***

Siguieron cabalgando por Ora. Las montañas Praeton se hacían cada vez más grandes en sus ojos. Trotaban entre cumbres y dunas de arena, y se divisaba un amplio desierto no muy cerca, pero tampoco lejos. Pese a la oscuridad temeraria típica del paisaje, estaban tranquilos. Todo lo que se oía eran los soplidos y el paso fatigado del animal que los cargaba.

—Pobre caballo —señaló Kyros—. Está agotado.

—Ya veo…

—¿No tiene nombre?

—¿El caballo?

—No, el caballo no, tu amiga la hiena coja y ciega.

—¡Ja! Ya sé que lo repito a menudo, no hace falta que lo hagas tú también…

Kyros sonrió, aunque Enya no lo vio por ir sentada detrás de él.

—Pero no, no tiene nombre… —siguió ella—. Me dolió mucho separarme de mis caballos en Basius. No le puse nombre a los de aquí por temor…

—¿Temor a qué?

—Temor a encariñarme. Pero bueno, si te hace ilusión puedes ponerle tú un nombre. Al fin y al cabo, eres tú quien lo monta ahora.

—¿Qué te parece Derlok?

—¡¿Derlok?! ¿Qué porras se supone que es eso?

—El sonido que hace con sus pezuñas al andar. Escucha: der-lok, der-lok, der-lok…

—¡Ja, ja! ¡Derlok! La verdad es que le queda bien, ¿no crees, Derlok? Miró por encima del hombro de Kyros, hacia la cabeza del animal—. ¡Derlok! —Le dio una palmada cariñosa.

Derlok relinchó y se detuvo.

El suelo parecía temblar. Los oídos también les vibraban. Otros trotes de caballo se oían cada vez más fuertes, más cerca. Distinguieron a un grupo de personas que cabalgaban hacia ellos.

—¡Hya! ¡Hya, hya! —gritaba una voz grave entre la multitud.

Fueron llegando uno tras otro, colocándose en círculo alrededor de Derlok y sus dos jinetes. Ocho hombres y una mujer se detuvieron. Cada hombre cabalgaba su caballo, pero la mujer compartía asiento. Todos ellos iban sin camiseta, mostrando sus torsos tostados por el calor y sus músculos entrenados. Grandes tribales y piercings ocupaban varias zonas de sus cuerpos y rostros, algunos incluso tenían dilataciones en la oreja. Pero lo más peculiar era que todos y cada uno de ellos, excepto la mujer, compartían un mismo tatuaje: el tronco de un árbol totalmente negro que les subía desde el abdomen derecho hasta el pecho. Cada uno tenía un número diferente de hojas oscuras, algunos más que otros.

La mujer vestía un sujetador sin tirantes de piel de leopardo rojo, un rojo que bien parecía sangre con manchas negras esparcidas. Le cubría los pechos junto a las puntas de su cabello dorado y ondulado. Kyros y Enya se fijaron en ella, pues resaltaba por ser la única que no sonreía.

—Saludos, jóvenes —pronunció uno de ellos.

Trotaba con su caballo dentro del círculo que cerraban sus súbditos. Llevaba el pelo largo y oscuro, así como la barba. Era el que tenía los brazos más anchos entre los nueve que eran, y su caballo era el único negro. Llevaba un piercing en la ceja izquierda, y era el que tenía más hojas con diferencia en su tatuaje del árbol. Pero eso no era lo único que le hacía destacar: tenía una cicatriz casi circular en el antebrazo derecho

y llevaba un colgante imponente, un artefacto redondo: un Reflejo de Noctum.

Era un Nekso.

—Hola —contestó Kyros sin entusiasmo.

Como podéis ver, viajamos nueve personas, pero hemos perdido un caballo en el trayecto —señaló al caballo que llevaba a un hombre y a la mujer.

“Ahá”, pensó Kyros. “Nosotros también y no vamos rodeando a desconocidos”, pensó Enya con el ceño fruncido.

—Vosotros cabalgáis uno que se adapta a nuestras necesidades —siguió el hombre del colgante—. ¿Cuántas monedas pedís por él?

Kyros y Enya se miraron. Ambos miraron a Derlok, después.

—Pensadlo bien. Os podéis ahorrar muchas molestias con el dinero que os demos por este animal. —El Nekso se acercó a Derlok con la intención de tocarlo, pero el caballo se apartó con ligereza.

—¡La yegua! ¡Yo prefiero comprar a la yegua! —gritó una voz vieja y ronca entre los que les rodeaban, señalando a Enya.

Los demás rieron. El líder de la cicatriz circular en el antebrazo miró amenazante a sus súbditos, quienes dejaron de vociferar.

—Lo sentimos, pero no está a la venta —respondió al fin Kyros.

—¿Qué es lo que no está a la venta? ¿El caballo o la yegua? —Miró a Enya y le guiñó un ojo.

Los demás volvieron a reír, esta vez con más ímpetu que antes. Enya sentía cada risotada como el filo de un cuchillo acariciando sus orejas.

—Ninguno de los dos —clarificó Kyros.

Oh, ¡vaya! Entonces tendremos que llevarnos a ambos gratis. —El Nekso se volteó para mirar a sus camaradas—. ¡Coged a la chica y al caballo!

Gritos de guerra y claqueos de pezuñas sobre la tierra invadieron el círculo, cerrándolo cada vez más. Kyros y Enya no sabían cómo reaccionar, pero ambos sabían que no podían quedarse quietos. Llamaradas de fuego revoloteaban por el cielo. Usaban la mecnia para asustar, pero no para atacar, pues querían a Enya y al caballo en buenas condiciones. Kyros, aún sorprendido, logró bajar de Derlok y desenfundó su espada lo más rápido que pudo. Observó a un caballo que le iba a atropellar y, apartándose a un lado, clavó la espada hasta el fondo de la pierna de quien lo cabalgaba.

El hombre cayó al suelo, y Kyros aprovechó para perforarle la otra pierna. Tras el nuevo agudo gemido de dolor de su contrincante, alguien le dio un golpe duro en la nuca.

El golpe dejó tumbado a Kyros contra el suelo, junto al hombre a quien justo le había agujereado las piernas. Vio cómo se hacía presión con las manos en la rodilla y cómo apretaba los dientes con los ojos cerrados. Kyros se dio cuenta de que sus propios párpados también se estaban cerrando y de que empezaba a verlo todo nublado. Intentó evitar caer mareado o dormido, cerró los puños arrastrando la arena con los dedos y reuniendo fuerza suficiente para levantarse, pero no lo consiguió.

Los gritos de guerra se desvanecieron; los relinches de caballos se volvían más flojos, también, hasta que desaparecieron. Kyros distinguió al Nekso por el colgante que rebotaba en sus pectorales. Segundos después, se le nubló la vista. Pensó en Derlok y en Enya en un trasfondo blanco, ella le sonreía e imitaba la risa de una hiena, tan risueña como siempre.

De repente, las imágenes desaparecieron. Todo volvía a ser negro.