Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

8: Interludio

Libro 1

Daat permanecía de pie. Miraba a través del gran ventanal del salón de la torre izquierda. La luz del sol desembocaba en su vestido blanco y en su pelo tan rubio como la mantequilla. La princesa estaba sola en la habitación, pero pronto se entreabrió la puerta.

Bilan entró y, al ver a su querida ama, esprintó hacia ella moviendo la cola con alegría. Daat le recibió acariciándole el pelaje blanco y negro. El pequeño tigre fue a una esquina, donde le esperaba su bol rojo con comida y agua. Miró de nuevo a Daat y emitió un gruñido entristecido.

—¿Qué pasa, Bilan? —preguntó ella, acercándose.

La princesa descubrió que a su mascota no le quedaba ni una gota para beber. Daat retomó sus pasos, esta vez para buscar agua, pero entonces chasqueó los dedos y sonrió. “Ahá”, pensó, y volvió de nuevo a la esquina donde esperaba Bilan. Ella se agachó junto al bol y lo cubrió con la mano derecha, que pronto se le humedeció. Aparecieron unas pocas gotas de agua que caían dentro del agujero rojo, como si su palma y sus dedos fuesen nubes que sacaban lluvia. A los pocos segundos dejó de chispear, y salía un flujo de agua tan estable como el grifo de una ducha.

—¿Has visto que apañada es tu ama? ¿Eh? —sonreía orgullosa.

“Estoy convencida de que, si Bilan pudiese hablar, me diría que sí”, se dijo a sí misma. El cachorro de tigre blanco se dispuso al fin a saciar su sed, con tanta ansiedad que algunas gotas salpicaron en el suelo.

Daat se levantó y vio que la puerta de la habitación se abrió del todo. Arlina, la madrina, entró con el rostro agachado.

—¿Arlina? ¿Estás bien?

Mi bella Daat, la reina Keter solicita vuestra presencia.

Salieron de la lujosa habitación de la torre izquierda y caminaron por el pasillo superior, envueltas por los cristales del palacio, las paredes albas y los detalles dorados de las columnas. La alfombra roja se extendía a lo largo del corredor y marcaba el camino de las escaleras abajo y arriba. Arlina y Daat subían al piso superior.

—¿Va… va todo bien, madrina? —preguntó Daat, insegura.

—No lo sé, princesa. Espero que vuestra madre Keter nos lo haga saber.

Llegaron a una sala amplia. A la derecha de la misma, había un hombre y un joven sentados: el hombre tenía el cabello rubio y corto, ojos oscuros y un cuerpo tan duro que parecía hecho con bloques de piedra. Su colgante era un llamativo cristal de hielo elaborado con oro. El joven a su lado, en cambio, estaba más escuálido, y su pelo era completamente blanco. Vestía un traje de una sola pieza del mismo color. Eso y la palidez de su piel le hacían parecer un fantasma. Sus ojos grisáceos intimidaban, y desde el instante en que Daat entró en el salón, pegó su mirada en ella.

Keter presidía la reunión sentada al frente. Tras ella, la pared mostraba los enormes cristales con vistas al límite del terreno de Vitrum, al océano y al horizonte. La reina se levantó y miró a su hija como cuando de joven se contemplaba a ella misma en el espejo; la reina Keter era la viva imagen de Daat, pero con unos cuantos años más. Eran igual de rubias, sólo que Keter tenía el pelo más largo y sólo una trenza en lugar de dos. Poseía una mirada en la que cualquiera podría bañarse eternamente, y un vestido tan elegante que la mayoría de mujeres pagarían un ojo de la cara por él. Los dos no, pues sea como fuere les gustaría vérselo puesto. Del cuello le caía una bola blanca con un círculo azul más pequeño: un Reflejo de Basius, y otro colgante al lado con un cristal de cuarzo transparente. Keter hizo un gesto con el brazo, invitando a Arlina y Daat sentarse en el sillón libre de la izquierda, frente al hombre forzudo y al joven pálido.

—Seáis los cuatro bienvenidos. —Keter puso una rodilla en el suelo y agachó la cabeza. Los cuatro invitados se levantaron e hicieron el mismo gesto—. Podéis volver al asiento —dijo la reina tras pocos segundos—. Tal y como algunos sabéis, ya han pasado diez años. Eyre acaba de llegar de Virentem y ha sido testigo del renacimiento del Fénix, ¿no es así? —Keter miró al joven de blanco.

Eyre no pudo evitar mantener la mirada en el agraciado semblante de Daat, pero sí despegó los labios mientras se levantaba del asiento.

—Así es. —Finalmente logró observar a Keter—. Todos temíamos que este momento llegase, pero ya está aquí. En Virentem, las tropas verdes de Ausa ya están resistiendo las fuerzas de Noctum. Las tropas de Mons Praeton que hayan sobrevivido ayudan, pero mucho me temo que no son suficientes. Virentem precisa ayuda de manera urgente.

—Gracias, Eyre —asintió la reina—. Ante todo, os quiero recordar el lema de Basius en tiempos de guerra: “la mejor defensa vence la guerra —recitó—. Bricius Kendra, poneos en pie.

—Majestad. —El hombre rubio y fuerte con el colgante de oro se levantó con la cabeza firme y la espalda bien recta.

—Como líder de las tropas blancas de Vitrum que sois, os ordeno que reunáis a vuestro ejército y os dirijáis a Virentem. Vuestras tropas asistirán a la joven Ausa y a sus tropas verdes, y juntos apagaréis las llamas que degraden los bosques. Protegeréis a los habitantes de Basius a toda costa, aunque debáis acabar con la vida de algún enemigo. Además, vos os ocuparéis personalmente de debilitar, si no acabar, con el Fénix. Sé que es un ser especial, pero confío en que lograréis ralentizarlo.

—Entendido, majestad. —Kendra se arrodilló de nuevo, mirando hacia el suelo. 

—Eyre —prosigió la reina—, vos iréis a Caerulea. Allí informaréis a Avon sobre la situación actual. Decidle que prepare las tropas azules, y vos os ocuparéis del laboratorio Eldma. Aseguraos de que a nadie le falta ningún recurso que se precise y proteged el lugar con vuestra propia vida.

—Entendido, reina Keter. Así lo haré —asintió Eyre, haciendo la misma reverencia que Kendra.

¿Alguna pregunta? Echó una ojeada sobre los cuerpos encorvados de Eyre y Bricius Kendra.

Ambos negaron con la cabeza.

—Eso es todo —concluyó Keter—. Podéis abandonar la sala y dar comienzo a vuestras respectivas misiones.

Kendra y Eyre se levantaron y fueron hacia la puerta, uno detrás de otro. Cuando Kendra ya había salido, Eyre miró de vuelta hacia los sillones para mirar a Daat una vez más.

“Es tan… perfecta”, pensaba él. “Pero como no deje de mirarla, es probable que pierda el respeto por parte de Keter, y por consecuente de todo el reino… ¡Aparta la mirada! ¡Vamos!”, se ordenó a sí mismo.

—Majestad —preguntó Eyre a la reina.

—¿Sí, Eyre?

—¿Estaréis a salvo? No me refiero sólo a vos, sino a todo el palacio y… a la princesa.

—Eso depende de vuestra destreza en el campo de batalla y en la misión que se os ha encomendado —respondió Keter con una sonrisa.

Eyre asintió de nuevo y salió de los aposentos, sin poder evitar clavar instantáneamente sus ojos en Daat. ¡Que no mires, Eyre!”, se riñó mentalmente.

Arlina, Daat y Keter se quedaron a solas en la sala de reuniones. Keter se aproximó un poco más a ellas. Arlina miraba con atención y tensión, incluso le temblaban las piernas. Daat también se mostraba impaciente. La reina se agachó frente a ellas, y Daat puso sus codos sobre las rodillas.

—Mi reina… —pronunció Arlina, tragando saliva.

—Arlina, agradecería que me dejaseis a solas con la princesa.

—Por… Por supuesto, majestad.

La madrina, pese a su voluminosa desventaja física, desapareció del lugar con la rapidez de un atleta de primera. Madre e hija se observaron.

—Estás preciosa, hija.

—Pues como siempre, mamá. Bueno, desde que hago mecnia creo que soy más madura, y eso se me nota en la mirada, ¿no? Mira. —Daat puso sus ojos bizcos y miró a su madre.

—¿Y tú te consideras madura? —Keter se mordió el labio inferior y paseó la palma de su mano sobre la cabeza de su hija, con suavidad y cariño.

—Mamá…, ¿tan grave es la situación?

—Sí, hija. Sí que lo es. Pero estamos preparados para afrontarla. Todos y cada uno de los miembros de la Guardia Basius son mecnias, y algunos somos Neksos muy poderosos. Ya lo sabes.

—Lo sé, sí… Pero, ¿qué puedo hacer yo? ¿Cómo puedo servir a Basius?

—Tú debes cumplir un papel crucial, Daat —confesó Keter, sentándose a su lado—. Vas a proteger lo que Umbra, el invocador del Fénix, busca.

—¡¿Qué?! ¿Umbra busca algo?

—Sí. Busca algo que mantengo a salvo aquí, en el palacio. Si quieres que te lo cuente… —Keter ofreció a su hija el dedo meñique de su mano—. Promete que no lo dirás a nadie.

—¿A nadie? ¿Ni siquiera a Arlina?

—Antes hablaré yo con ella. Venga, promételo.

—Vale… —Daat cruzó su meñique con el de su madre—. Lo prometo.

Keter se puso en pie y se dirigió a un mueble junto al sillón. Abrió el cajón y sacó un libro negro sellado por una cerradura. Mostraba las letras “Az Hoz” como título y un símbolo circular, ambos elementos de color blanco. Keter lo sostuvo frente a su hija.

Daat se levantó y se acercó al libro. Su rostro reflejaba curiosidad y esfuerzo por intentar descifrar el significado del título.

—¿Az… Hox? ¿Az Hox? Mamá, ¿qué diantres significa eso?

—Az Hox es el lenguaje divino.

—Ah, ¿existe un lenguaje divino?

—Exacto. Es el lenguaje con el que se comunicaron los creadores de nuestro planeta. El lenguaje que las criaturas divinas de Ánima utilizaron para crear y dar forma a todos los elementos del mundo: la lava, los mares, la vegetación, la lluvia…

—Mamá…, comprendo que, debido a la guerra, quieras contar chistes para hacerlo todo más ameno, pero…

—Daat. —Keter expresó un semblante más serio—. ¿Cómo crees que Umbra invoca al Fénix? ¿Te crees que dice: “¡Fénix, aparece!”, y ya está?

—Pues no me lo había planteado…

—Umbra conoce las palabras precisas para invocarlo. Umbra se comunica con el Fénix en Az Hox. Por eso es capaz de montarlo y traerlo aquí. Pero su dominio del lenguaje es limitado…, muy limitado. Por eso se empeña en entrar en Basius. Ansía el libro para aprender mejor Az Hox.

—Ahá… —Daat mantenía sus ojos tan abiertos como su boca, sorprendida a la par que incrédula—. Pero, ¿por qué es tan secreto? ¿No crees que la gente de Basius debería saber todo esto?

Daat, Daat, Daat… —canturreó la reina, con tono descendente—. Si Umbra, una sola persona con un mínimo conocimiento de Az Hox, es capaz de causar tantísimo daño…, no querrás ni imaginarte cuán peligroso sería si todo Basius supiese de la existencia del libro.

—¿Y dónde está la llave que abre la cerradura del libro? ¿También está a salvo?

—Mucho me temo que no, hija… Hace diez años pude evitar que Umbra se llevase el libro. Pero, desafortunadamente, sí que logró hacerse con la llave.

—¿Qué? ¿Cómo?

—La llave de Az Hox estaba bajo la protección de Avon y su mujer Enid en el Palacio de Agua, allí en Caerulea. Yo, por mi parte, sólo guardaba el libro cerrado. De esa manera evitábamos el poder absoluto, ya que ninguno podíamos estudiar el idioma.

—Entiendo…

—Por eso, hija, es muy importante que mantengas el cuaderno a salvo. Nadie, ni siquiera los que viven aquí en el palacio, deben descubrir que existe algo así. Recuerda, es nuestra promesa.

—De acuerdo, mamá.

—Debo salir, he de ofrecer mi mecnia para defender el reino. —Keter acarició de nuevo la melena rubia de la princesa, y ambas sonrieron—. Tienes unas trencitas encantadoras, hija.

—Te quiero, mamá…

—Y yo, querida. Estarás a salvo aquí.

Madre e hija se abrazaron con ternura. Las pestañas de Keter se humedecieron, y pequeñas lágrimas comenzaban a bajar por sus claras mejillas como si descendiesen en trineo por una montaña de nieve. Keter se dio la vuelta, dirigiéndose a la salida y negándose a mirar a su hija.

“No está bien; no está bien que vean llorar a una reina…, pero, ¿una hija a su madre? ¿Debe verme Daat llorando? No… no. Pero tengo que decírselo. Debo decírselo”, meditó Keter.

—Daat. —Keter no se atrevió a mirar a su hija. Permanecía observando la puerta de salida.

—¿Sí, mamá?

—El libro de Az Hox no es lo único. Hay una cosa más que Umbra busca.

—¿Qué es?

—Eres tú, Daat. Eres su hija.