Mecnia

Saga Literaria de Fantasía Juvenil

9: Virentem

Libro 1

Kyros cubría su mirada con el antebrazo, le costaba acostumbrarse a la claridad de la luz del sol. Caminaba por el tramo que descendía de Mons Praeton hacia Virentem e inspiraba el oxígeno de los árboles vivos que le arropaban con su sombra. Se detuvo un momento bajo las hojas para observar con más comodidad lo que le esperaba adelante.

El camino de montañas de Mons Praeton finalizaba a escasos metros, donde se abría un bosque enorme. Plantas y árboles tan verdes como curiosos presidían el escenario natural, haciendo que el lugar pareciera un rincón del paraíso. En la distancia, dos puntos se movían al trote hacia él, hasta cubrirle las placenteras vistas. Pero lo que se mostró le resultó todavía más satisfactorio: Enya y Brean, en ese orden, cabalgaron hacia él. Kyros no les esperó, echó a andar hacia ellos lenta y débilmente, pero con una sonrisa y una luz en sus pupilas que brillaban más que el sol.

—Kyros, deberías montar tortugas en vez de caballos, seguro que irías más rápido —dijo Enya con una sonrisa burlona.

—¡Muchacho! ¡¿Estás bien?! —preguntó Brean, cabalgando con el cadaver del padre de Enya en su regazo.

—Sano y salvo —contestó Kyros, sacudiéndose la ropa y los brazos—. Pero tenemos que seguir adelante, este pasaje no tardará en llenarse de gritos y sangre.

—Vamos, sube —ofreció ella.

Kyros asintió y montó tras Enya, cuyo tatuaje de llama negra en la nuca se cubría y descubría tras el cabello rojo con cada trote. Admiró de nuevo su golo, que también le rebotaba en la espalda. Sintió curiosidad por preguntarle a su compañera cómo le había ido todo ese tiempo, pero no quiso hacérselo recordar.

***

Se abrieron por el bosque de Virentem. Las plantas y los árboles llenaban sus corazones de alegría, y Enya tarareaba simpáticas canciones en plena luz del día. Troncos enormes se alzaban desde la tierra y hasta el cielo, y en los más altos sobresalían espacios de madera a un lado y a otro: eran viviendas rectangulares con tejados en forma de triángulo, construidas en los mismísimos árboles como si de un bloque de pisos se tratase. La mayoría de estos habitáculos presentaban una bandera o un estandarte con el símbolo de Virentem, una V marrón cubierta por un semicírculo en la parte superior.

Una figura redonda se asomó desde la ventana de una de las casas de árbol, muy por encima del grupo. Era la cabeza de algún vecino curioso, o quizá fuese una vecina, la altura nublaba la vista, literalmente. Kyros mantenía su iris hacia arriba, admirando la altura increíble de los troncos, y si hubiera sido él quien conducía el caballo en vez de Enya, probablemente se hubiese desviado del camino.

—Son sequoias, muchacho —aclaró Brean, refiriéndose a los árboles—. Tienen los troncos más altos de todo el planeta. Y sí, mucha gente vive en ellos. Fíjate en ese árbol de allí. —Brean señaló a la izquierda.

Otro tipo de árbol más bajo y con un grosor descomunal mantuvo la mandíbula de Kyros hacia abajo, con la boca bien abierta.

—Es un árbol de Tule —añadió Enya—. Allí suelen vivir los habitantes de Virentem que temen a las alturas.

—¿Vosotros dos vivís por aquí? —preguntó Kyros.

—¡Ni loca! La alcaldesa es una niña de dieciséis años. Una cría, igual que tú. Yo soy de Caerulea.

—No digas embustes, muchacha. Ausa no es ninguna cría. ¿Acaso la conoces?

—La he visto…, pero no, no conozco a Ausa. Pero vaya, una niña de dieciséis años a cargo de una región entera de Basius… ¡Eso no es normal!

—Sus padres murieron en la última guerra, y eran los más productivos de todo el reino. Y aún sin ellos, Ausa es la niña más inteligente y madura que he conocido jamás. Así que piénsatelo dos veces antes de hablar de ella.

—Está bien…, lo siento. A veces soy demasiado imprudente.

—¿Sólo a veces…?intervino Kyros, quien inmediatamente percibió la mirada asesina de su compañera.

—No pasa nada, Enlla.

—¡¿Enlla?! ¡Por los dioses de Ánima, qué horror! Seguro que me están sangrando los oídos. —Enya se hurgó los oídos con el dedo índice, exagerando el acto.

—Perdón, Enya corrigió el hombre forzudo y rapado. De repente, señaló al frente—. ¡Mirad, el estanque de Virentem! Pero, ¿no hay nadie?

El estanque de Virentem se mostró ante ellos como un espejismo, rodeado de césped, flora multicolor y más vegetación. Frenaron los caballos, y Kyros fue el primero en bajar. Caminó a paso lento hacia el agua y se arrodilló en la orilla. Introdujo el dedo índice y segundos después sumergió la mano entera dentro del agua. “Está fría”, pensó. Contempló entonces su reflejo en el claro líquido y, aún sorprendido, empezó a peinarse.

—¡Es hora de darse un chapuzón! exclamó Enya con entusiasmo.

Ella se acercó a sus espaldas y le empujó al agua, riéndose al ver cómo él se zambullía dentro. Kyros movía los brazos con un descontrol considerable, como la cola de un pez vivo que sale a la superficie. Alzaba la cabeza en busca de oxígeno, tragando y escupiendo el líquido que se le colaba por la boca.

—¡¿Pero qué haces, loca?! —Los ojos de Brean se abrieron como nunca—. ¿Crees que en Noctum se aprende a nadar en la lava?

Enya pareció morir por un instante. Puso su golo en el suelo e inmediatamente se extrajo la falda y el corsé de la cintura para quedarse en ropa interior. Se tiró de cabeza al estanque con una elegancia despampanante. Los finos dedos de Enya lograron alcanzar el cuerpo de Kyros. Le ayudó a incorporarse  para poder respirar bien y lo condujo hasta lograr sacarlo del agua. Brean y Enya apoyaron a Kyros en una roca donde consiguió tranquilizarse. Enya le abrazó aliviada.

—Perdóname, Kyros…

Él contestó asintiendo con la cabeza y aspirando aire a bocanadas.

—¡Menudo susto! —exclamó Brean, agachándose al lado de Kyros y dandole unas leves palmadas en el hombro—. Muchacho, disimula un poco…, estás embobado, ¡ja, ja!

Enya recordó que estaba en ropa interior. Vio cómo Kyros había pegado la mirada en ella a medida que éste se recuperaba. Ella miró a Brean, quien e había tapado el rostro con la palma de su gruesa mano; con la otra, señalaba la cintura de Kyros: un bulto apareció en sus pantalones.

—¡Agh! ¡Qué asco! —exclamó ella.

Corrió deprisa a ponerse la ropa de nuevo. Las mejillas de Kyros se volvieron más rojas que el pelo de Enya, y se levantó con timidez para darse la vuelta. Brean se destornillaba a carcajada grave y limpia, pero cesó su risa cuando un ruido más fuerte la eclipsó.

Un chirrido se escuchó por la izquierda en la distancia: el sonido del Fénix. Gritos humanos horrorizados  le acompañaban. Echaron un vistazo a lo lejos del estanque y divisaron gente corriendo hacia unas alas de fuego en movimiento. Siguieron la imagen del halo anaranjado hasta que se desvaneció entre los árboles en la distancia.

Los ruidos salvajes también se disipaban lenta y dolorosamente a medida que avanzaban hacia el norte.

—La batalla ha comenzado. Y ya estáis en Basius. ¿Qué queréis hacer ahora? —preguntó Kyros.

—Yo sólo quiero ver a mi familia una vez más y asegurarme de que están bien. Con eso me basta para ser feliz. Después volveré a Noctum, pero sólo si es estrictamente necesario que vuelva.

—¿Dónde viven, Brean? —preguntó Enya.

—En Vitrum. Yo vivía con ellos allí. Soy…, bueno, era miembro de las tropas blancas.

—¡Las tropas blancas! ¿En serio? ¡Si son las más fuertes de Basius! Bueno, eso dicen…

—¿Y tú de dónde eres? —preguntó Brean, montándose en su caballo.

—Yo de Caerulea. No sé si Noctum vencerá o perderá, pero pretendo ir al laboratorio Eldma y coger un buen puñado de suministros y pociones para mi madre y mi hermano. —Enya cargó el golo a sus espaldas y también subió a su caballo—. Además, tengo entendido que existe una receta para cancelar la anulación de mecnia que sufrimos los expulsados…

—Sí, algo así he oído yo también. La poción de mecnia blanquiazul. En Eldma debería haber. Y tú, Kyros, ¿qué piensas hacer?

—Quiero vengarme de Umbra. Por ahora no tengo familia a la que volver. Lo que me mantiene ahora en Basius es la curiosidad y la supervivencia; y sabiendo que van a atacarme, me defenderé lo mejor que pueda. Así que vamos, estoy preparado.

—Esperad un momento —cortó Enya—. Antes de partir, voy a sumergir a mi padre aquí. Es peligroso seguir cargando con él, y este lugar…, bueno, la verdad es que es bonito.

—¿Sumergir? —preguntó Kyros.

—Sí, Kyros. Mi padre y yo somos de Caerulea, la región del agua. Una vez muertos, hay quienes prefieren descomponerse y mezclarse con el agua antes que ser enterrados. Mi padre era de esos.

—¿Y no se quedará flotando?

—Habrá un punto en que sí —contestó Brean—. Pero se hundirá de nuevo.

Enya asintió con tristeza y decisión. Brean y Kyros observaban la escena en silencio. El cadaver del hombre pelirrojo acarició estirado la fina capa del estanque. Su hija lo mantenía con delicadeza en sus brazos, dejándolo descender por aquel claro transparente que cada vez se hacía más azul, hasta que la silueta desapareció de su vista. Enya, de rodillas, cerró los ojos y juntó las palmas, rezando en paz y en silencio.

Mucho silencio.

Al cabo de unos instantes, se puso en pie de nuevo.

—¡Hora de partir! —exclamó ella.

Kyros fue hacia el caballo de Enya, pero ésta le denegó la subida con la mano, ladeando el dedo índice de izquierda a derecha.

—No pienso dejar que roces tu bulto con mi trasero. Que Brean te haga un espacio.

Kyros obedeció sonrojado sin decir nada y montó tras Brean con la cabeza agachada. Las carcajadas del hombre fuerte y rapado volvieron a inundar el campo al galope.

—Si te sigues riendo tanto, Brean —añadió Enya—, pensaré en lo mucho que disfrutas teniendo a Kyros detrás.

***

La gente correteaba por el bosque de Virentem. Chorros de agua de mecnia revoloteaban por el aire, chocaban contra los árboles, caían sobre el césped o apagaban llamas causadas por el Fénix y los habitantes de Noctum. Algunos combatientes de Virentem lograban hacer temblar la tierra gracias así mecnia, haciendo resbalar y caer a más de un contrincante. No era difícil distinguir quiénes eran de Noctum y quiénes de Basius, pues los del continente inferior eran, por lo general, más morenos y de apariencia más descuidada. Las tropas de Virentem, en cambio, vestían un uniforme verde que mostraba la insignia de la V con el semicírculo en la parte superior. Los de Noctum solían llevar algún tipo de arma: espadas, arcos con flechas ardientes u otros utensilios puntiagudos, sobre todo los expulsados a los que se les había anulado la Mecnia, pues necesitaban algo con lo que atacar y defenderse. Los del reino blanco, en cambio, deslumbraban con sus atuendos. No llevaban armas, se bastaban con su propia mecnia

Las sequoias y los árboles de Tule tenían las puertas en el mismo tronco a ras del suelo, pero algunos de los que habitaban en los árboles más altos descendían por las ramas para combatir contra los invasores y apagar el fuego que se esparcía por la vegetación con el agua que sacaban de sus manos. Kyros, Brean y Enya contemplaban cómo las tropas verdes de Virentem se defendían de fieros Noctum e intentaban detener al Fénix con sus hechizos húmedos y terrestres, aunque sin mucho éxito. El Fénix chirrió y, de un batir de alas, barrió a un puñado de tropas verdes, deshaciéndose de ellos e incendiando pequeños árboles en el proceso.

El viento corrió una luz blanca, un soplo frío que alcanzó el ave de llamas y le congeló una ala, evitando un próximo batir. El nuevo chirrido del Fénix supuso un dolor de cabeza para los que estaban alrededor, quienes desviaron sus miradas hacia el causante de aquel hechizo de hielo: Kendra, el líder de las tropas blancas que había sido enviado a Virentem por orden directa de la reina Keter.

Brean bajó del caballo y, sin mirar a Enya ni a Kyros, corrió hacia él. Kendra le vio venir, mientras recuperaba el respiro tras su potente ataque congelante.

—¡Vaya! exclamó Kendra—. ¡El traidor de Basius número uno!

—Tremendo hijo de puta… —Brean parecía perder los estribos—. ¡Tú eres el único traidor, Bricius Kendra!

—No mientas, Brean. ¡Asesinaste a Alanis! ¡Cumples una condena justa! Volver a Basius ha sido un suicidio para ti…, y más sabiendo que ya no puedes hacer esto. —Kendra sacó una pequeña bola de agua de su mano, un pequeño círculo que fluía y crecía girando en dirección de las agujas del reloj—. ¡¿Dónde está tu mecnia, eh?!

—¡No necesito la mecnia! ¡Estos músculos se han hecho más de sudor y esfuerzo físico que no mental! —Brean juntó sus puños golpeándolos con los nudillos.

—Eres tan imprudente e insensato… ¡Como siempre! —Bricius Kendra cogió impulso con el brazo, inclinándolo hacia atrás. Lanzó la bola de agua mirando a Brean, pero dirigiéndola al cuerpo del Fénix.

La mecnia acuática circular golpeó las llamas del pecho del Fénix, cuyo gemido de dolor fue tan agudo que hizo que los más cercanos a él se mordieran los dientes. El ave se movía para liberarse de los ataques del líder de las tropas blancas, pero perdía el control por tener hielo todavía en la ala.

—¡Tropas blancas, todos a por el Fénix! —ordenó Kendra.

Las tropas blancas vestían un uniforme blanco y tenían el mismo colgante que su líder, pero de color cristalino. Lanzaban sus hechizos acuáticos contra el pájaro de fuego tras la orden de Kendra, pero no lograban alcanzar al objetivo. La mecnia de agua se oscurecía, se volvía más pesada y caía al suelo. Parecía petróleo. Instantes después, el líquido se había convertido en llamas negras que incendiaban el bosque.

Umbra apareció.

Se plantó delante del Fénix, de pie y con un brazo extendido hacia el cielo para anular los hechizos de las tropas blancas. Miraba fijamente a Bricius Kendra con los ojos camuflados bajo la sombra de su capucha tan blanca como su fina túnica. La llave de painita, que le colgaba del cuello junto al Reflejo de Noctum, era negra con líneas de un rojo que recordaba a la sangre.

El horror se reflejaba en las pupilas de Kendra, que contemplaba cómo Umbra deshacía el hielo de la ala de su ave con un breve encantamiento de fuego. El hielo sufría un proceso de fusión, de sólido a líquido, mientras Brean se mantenía inmóvil, igual que el resto de los presentes.

Kyros, que contemplaba la escena desde lejos, estaba igual de pasmado. Pero al ver de nuevo a Umbra, un montón de preguntas sin respuestas le volvieron a la mente. Su deseo de venganza volvió a fluirle por las venas, junto a su sangre y su mecnia. Sacudió los pies y empezó a correr, llevando la mano derecha al mango de su espada.

Enya lo vio venir y esprintó tras su compañero hasta agarrarlo de la camiseta, haciéndole frenar.

—¡Déjame ir, Enya!

—¡Estate quieto, estúpido! —La chica pelirroja logró cogerle de la muñeca.

—Umbra debe pagar la muerte de mi padre, Enya, ¡lo sabes! —Kyros tiró de su mano para escaparse del forcejeo de Enya. pero ésta estiró más el brazo y lo detuvo de nuevo.

—¡Que te pares, idiota! ¿Es que no ves que si te metes ahí te van a matar?

—A lo mejor sabe algo de mi madre… —balbuceó con inseguridad.

—No creo que sea un buen momento para preguntárselo… —confesó ella.

Kyros relajó la tensión de sus extremidades, volviendo de nuevo a la calma poco a poco. Él y su compañera continuaron observando a Umbra, que protegía al Fénix a sus espaldas mientras le plantaba cara al líder de las tropas blancas.

—Fush-de. ¡Lac! –gritó Umbra, dirigiendo la palma de la mano erguida con fuerza hacia el frente. El Fénix chirrió de nuevo y voló a ras de suelo, directo hacia las tropas blancas, barriendo las plantas con las alas abiertas y tumbando a la gente con sus garras. Seguía causando destrozos a medida que se alejaba hacia el norte. El césped iba adornándose con la sangre de las tropas de Basius derrotadas.

Umbra disparó dos bolas negras seguidas con la palma de su mano hacia Bricius Kendra, pero éste alzó un bloque de hielo desde el suelo para protegerse. Cuando la mecnia Umbra chocó contra el muro, el hielo quedó pintado de negro y empezó a deshacerse. Cada vez hacía más calor, el incendio causado por el Fénix seguía propagándose, y las tropas de Basius que intentaban cesar el ardor esparcido no daban abasto. El campo donde Umbra y Kendra se enfrentaban se hacía cada vez más pequeño, pues las llamas les encerraban cada vez más. Umbra tensó los dos codos hacia delante, juntó sus pulgares y abrió las manos. El hechizo fue tan rápido que lo único que se vio de él fue una explosión oscura y espontánea sobre el pecho de Kendra, quien cayó con tanta fuerza que el suelo retumbó.

Umbra salió del lugar en pos de los sonidos que emitía el Fénix.

Brean dio dos pasos hacia atrás y empezó a correr, huyendo de la escena. Bricius Kendra, tendido en la superficie, le observó y logró reaccionar pese a la evidente amenaza de Umbra.

—¡No huyas! —gritó el líder de las tropas blancas, y estiró el brazo para lanzar otro de sus hechizos congelantes hacia el hombre rapado.

La luz blanca alcanzó la espalda de Brean y cubrió sus extremidades, haciéndole frenar hasta cesar su movimiento por completo. El frío le abrazó hasta que un bloque glacial le envolvió todo el cuerpo, aislando sus sentidos de la guerra y del mundo entero.

Brean había quedado completamente congelado.